Guillermo Roux, un renacentista contemporáneo

“La Constitución guía al pueblo”, óleo sobre tela. Legislatura de la provincia de Santa Fe. Fotografía: www.sansalvadordejujuy.gob.ar 



El maestro en su taller. Fotografía: Gentileza Archivo Roux.



Juego interrumpido (II versión), de 1976, pertenece a la serie de “Muebles y personajes”. Museo Nacional de Bellas Artes. Fotografía: Gentileza MNBA.



El paño amarillo, óleo de 1958. Museo Nacional de Bellas Artes. Fotografía: Gentileza MNBA.



Sonia Decker


Directora de CONSULTART/dgb, consultora con más de treinta años de actuación en el mercado de arte local. 


Licenciada en Publicidad (USAL). 


Fue Perito judicial en Arte, y Profesora de “Mercado del Arte” en las Universidades del Salvador y del Museo Social Argentino.


Integró el grupo fundacional del Museo de Arte Tigre, teniendo a su cargo la adquisición de las obras de su colección permanente.


Artista pintora, ha realizado sus últimas muestras individuales en las galerías VYP, Arroyo y Librería Menéndez.


Por Sonia Decker *

“Si no pinto y no dibujo, no existo”, dijo alguna vez Guillermo Roux. Trabajador incansable, metódico, autobiográfico, abarcó casi todas las técnicas pictóricas parado con absoluta concentración frente a su caballete del cual jamás se apartó. Creyó siempre en la pintura figurativa a pesar de haber dejado volar su ingenio hacia proyecciones diferentes.

 

Nace en Flores en 1929, hijo de Raúl Roux, gran ilustrador de la Editorial Dante Quinterno. Recuerda siempre estar sentado desde muy pequeño en las rodillas de su padre observando cada trazo de las historietas de Patoruzú, hasta que un día le permitió colorear una de ellas. Así fue cómo descubrió, a través de la ilustración, que su vocación sería la pintura.

 

No terminó la escuela secundaria lo que suscitó un pequeño drama familiar, pero logró ingresar a la Escuela Manuel Belgrano siendo muy joven de la cual egresó en 1948 habiendo cursado solamente tres años de la carrera.

 

Guillermo Roux en Roma. Archivo Guillermo Roux. Fotografía: www.argentina.gob.ar


Decide finalmente viajar a Italia con los escasos medios que había ganado en la misma Editorial donde trabajó su padre, y sin considerar ni a París ni a Nueva York como metas, se embarca en el vapor “Salta” llegando a Génova como primer destino. Sin tener un rumbo prefijado, se instala en Roma y conoce la “bottega” de Umberto Nonni situada en Via Flaminia 122, propiedad de un ascético monje, tercera orden franciscana, un artesano, mezcla de escultor, ebanista, dibujante y pintor que dirigía aquella cofradía de alumnos y ayudantes que trabajaban incansablemente más de diez horas por día. Roux visitaba iglesias y museos observando con rigor y pasión a los grandes maestros medievales del Quattrocento. Quiso rescatar visualmente para guardarlo en su memoria, todo aquello que había recibido en La Academia, tratando de detener las imágenes en el tiempo. Fueron cinco años de trabajo duro y de una entrega absoluta donde sentó las bases de su técnica, su oficio impecable y el bagaje de obtener una educación, hoy impensada.

 

En 1957 se casa con Lina Guccerelli, la madre de su única hija Alejandra.

 

Regresa a la Argentina en 1959, y evitando la gran urbe, perdido, desorientado y con escasos recursos, decide instalarse en Ledesma, Jujuy, trabajando como maestro de una escuela situada en un cañaveral. Más tarde, en Villa Cuyaya situada en los suburbios de la capital jujeña, descubre una cultura agreste diferente a la romana, de colores fuertes, que lo llevan a realizar una pintura de gruesos empastes articulados desde una cierta perspectiva geometrizante. Allí comienza a indagar en la modernidad, hace pintura abstracta, expresionista. Explora para recorrer completa la historia del arte.

 

Es el propio Roux quien decide poner fin a los seis años de su etapa jujeña. Se había cultivado en Italia, y vivió la poesía natural de América, lo que lo impulsa a conocer el presente: Nueva York. Llega allí en 1966 en plena euforia del Pop. Sabemos que lo moderno no le atraía. Los dibujos publicitarios y las ilustraciones de libros lo ayudaron a sostenerse económicamente con mucha dificultad. Pinta enormes y potentes pasteles resinosos con la temática de desnudos en blanco y negro con ciertas reminiscencias de Franz Kline, y con el vigor adquirido en nuestras tierras norteñas. Una exposición de Diebenkorn reforzará la idea de la recuperación del objeto en la pintura.

 

Al cabo de un año regresa a Argentina, conoce a Franca Beer, madre de Roberto Pera, y se instalan definitivamente en Buenos Aires en su casa taller de La Lucila donde vivió hasta el final de sus días.  

 

Visitar el taller de Guillermo Roux significó para mí, tomar conciencia de su inmensidad como artista. Dos pisos, enormes mesadas, aparejos para mover telas inmensas, materiales de todo tipo prolijamente diferenciados; un universo que inspira un silencioso y profundo respeto y donde se percibe apenas se ingresa, la capacidad de trabajo de este gigante. Una vida en solitario dedicada al arte, sin interesarse en lo circundante ni en lo accidental, una labor constante, disciplinada y coherente con su espíritu libre y desprovisto de toda influencia pasajera.

 

En 1968, el psicoanálisis lo llevará a concentrarse en su mundo interior, a alternar el pasado con el presente, la realidad con la irrealidad, a hacer consciente lo inconsciente siendo de alguna manera el salvoconducto para sobrevivir a sus propias angustias.

 

En 1969, a los cuarenta años, realiza su primera exposición en la Galería Bonino. “Yo no tenía otro destino que pintar, y lo que buscaba no tenía nada que ver con las ventas”, supo revelar en una de sus tantas entrevistas. El collage y la tinta le sirven para traducir sus visiones automáticas. Con ambas recobra su pasado de dibujante y de ilustrador de revistas, todo teñido de una fina ironía que lo acompañará durante toda su vida. El humor, la experiencia lúdica y hasta una cierta ingenuidad son los pilares emocionales que sostienen el talento de un artista que supo transmitirlas gracias al manejo de un oficio extraordinario. El don innato para el dibujo fue el hilo conductor de toda su producción, perfeccionado por el ejercicio pictórico permanente. Quiere rescatar un mundo perdido preocupado por el paso del tiempo. Se siente joven hasta en sus últimos años, donde “resucitan las pasiones que no tenía en mi juventud”.

 

Entre 1970 y 1972, realiza dos viajes a Arraial do Cabo en Brasil, donde redescubre el color y rescata a la acuarela que había dejado olvidada por voluntad propia en sus viajes anteriores. Se siente renovado al dejarse llevar por el agua que corre libremente en esta técnica que será la más relevante de su producción. La lleva a la calidad del óleo permitiendo que las veladuras vayan sugiriendo y armando sus composiciones con extremada perfección.

 

Aparecerán luego sus “Grandes personajes” acuarelas pomposas, enriquecidas con abundantes ropajes y oropeles, con mínimas cabezas donde afloran como siempre la ironía y los detalles históricos manejados por un artista culto como lo era Roux, sabio y ávido lector de temas sobre astronomía y de biografías bien documentadas entre muchos otros.

 

Entre 1971 y 1972 ejecuta su serie de tintas “Muebles y personajes” que anuncian las grandes acuarelas con las que ingresa al escenario del arte contemporáneo. En estas obras descabeza a la figura humana y relaciona sus brazos y sus piernas con el mobiliario formando un todo que refuta las leyes naturales y la apariencia de la realidad, aunque siempre unidas por un sentido de la composición propio de su innato temperamento clásico.

 

Entre 1973 y 1991, “Las grandes acuarelas” serán las que lo lleven a la cima de su carrera artística. Allí aparecerán figuras relacionadas con su infancia y con sus sueños, fragmentadas, trastocadas, entremezcladas con objetos del entorno. La falta de cabezas se suple con los objetos circundantes sin que sea una mutilación, sino que ha prescindido de ellas para conformar un mundo alegórico en un nuevo orden extra natural. Los elementos trastocados no rompen ni la unidad espacial, ni la del color, ni la de la luz. “Podemos representar lo fantástico a condición de que sea creíble”. “Estoy inspirado cuando descubro lo cotidiano, cuando encuentro lo natural en mi “.

 

A partir de este momento comienzan sus reconocimientos internacionales, sus exposiciones en los grandes museos y las mejores galerías del mundo. Viajará constantemente pero siempre regresando a su país del que jamás se arrepintió de no haber abandonado. Entre muchas de sus distinciones, en 1975 es reconocido con el Primer Premio Internacional de la XIII Bienal de San Pablo, Brasil. En 1979 se lo distingue con el Premio Palanza y en 1982 es invitado a exponer en el Pabellón Internacional de la 40° Bienal de Venecia. En 1988 realiza una gran muestra en la Phillips Collection de Washington, muestra que luego fuera exhibida en nuestro Museo de Arte Decorativo. En 1990 se realiza una retrospectiva de sus obras en la Staatliche Kunsthalle de Berlín, y en 1998 se exhiben 174 obras en el Museo Nacional de Bellas Artes.

 

En los años 80, realiza su espléndida “Serie de las Hojas”. Se encontraba “ávido de naturaleza” e inventa sus propias hojas de gomero, asarum, polonia o filodendro. Las endurece encolándolas y dándoles una estructura espacial. Utilizará la técnica del temple para pintarlas describiendo de ese modo el paso del tiempo, lo vivo y lo perecedero. El mismo las recoge para convertirlas en modelos. No son ilustraciones vegetales, sino estética pura. Poco después, entre 1989-92, reformula la naturaleza muerta en su serie “Barroca”, que consistía en acuarelas de gran tamaño donde aparecen mandolinas, violines, instrumentos de cuerdas que preanuncian su serie de pinturas florales que realizará desde 1995 en adelante. Formidables composiciones de rápida y precisa ejecución, que representan al universo infinito y su contraparte, la finitud humana. Recuerdo siempre con gran emoción, que al ver una de mis pinturas de flores me dijo: “Trate siempre de mezclar en sus modelos las especies naturales con las artificiales, ya que las primeras le darán a las otras la vida de la que carecen”.


Naturaleza muerta, 1987, técnica mixta sobre papel. Pertenece a su Serie de las hojas.

 

Desde 1990 en adelante, realiza cuatro viajes a Sicilia. Su mujer nació en la isla, y podríamos inferir que Roux quiso reencontrarse con su pasado italiano de 1956, abordando leyendas y misterios capturando las luces de la Naturaleza y de las ruinas milenarias. “La Catedral de Noto” está incrustada en el teatro griego de Taormina, en medio de un temporal de golondrinas espantadas. Las ruinas se iluminan con blancos precisos, se puede respirar la humedad del mar y hasta él llegan perdiéndose suavemente los verdes de la montaña que desaparecen en una mágica bruma.

 

Guillermo Roux abordó la titánica tarea de la realización de cuadros de grandes dimensiones y de murales. En 1993, finaliza su obra “La Ronda”, que hoy se expone en el Palacio Duhau de la Ciudad de Buenos Aires. Fue realizada con la más absoluta técnica renacentista, fruto de su entrenamiento en la “bottega” de Nonni, trabajada al temple con blancos y un color llamado “verdaccio”, sobre una delicada imprimación previa. Transparencias, veladuras y grisallas fueron delineando estos catorce personajes de la Commedia dell´Arte que descansan en la improvisación y como detenidos en el tiempo se muestran al espectador detrás de un velo invisible. Así despliegan su coreografía, y quedan inmóviles por un instante. Cada una concentrada en lo suyo bajo la atenta mirada de Franca y de Guillermo que integran la composición. Solo un gran dibujante es capaz de describir esta escena inmensa donde la línea domina toda la estructura con orden y belleza.

 


En 1992, realiza “Mujer y máscaras”, un óleo de grandes dimensiones que se encuentra en las Galerías Pacífico junto al de Josefina Robirosa y otro de Carlos Alonso, uniéndose así a los grandes murales realizados por Spilimbergo, Castagnino, Berni, Colmeiro y Urruchúa en 1946.

 

El mural “Homenaje a Buenos Aires”, inaugurado en 2005 fue encargado por el Banco De Boston para la sede de su edificio proyectado por el arquitecto César Pelli, ubicado en Catalinas. La obra le insumió cuatro años de trabajo ininterrumpido, en medio de la crisis de 2001 que no lo acobardó, sino que lo impulsó a concentrarse en ello con más ahínco. A pocas cuadras de allí, el Hotel de los Inmigrantes era la puerta de ingreso al país de los extranjeros que bajaban de los barcos. El grupo de la derecha los representa, en el centro está la pampa abrazada por el río. La joven República es una niña vestida de azul y blanco que observa. A la izquierda de esta gigantesca obra de 5 metros por 12 metros, se destaca una escena nocturna con músicos de tango y personajes de la ciudad donde cada uno desempeña su papel como en un gran teatro.


Vista parcial de Homenaje a Buenos Aires, inmenso mural situado en el Banco Boston, a metros de la avenida Leandro N. Alem.

 

Entre 2008 y 2011, realiza para la Legislatura de la Ciudad de Santa Fe, el magnífico mural titulado “La constitución guía al pueblo”. El mismo Roux explica que los antecedentes de este gran trabajo, fueron el friso de Ara Pacis ( Roma , siglo I A.C ), “El cuarto Estado” (1901) de Pelliza de Volpedo, y “Los Constituyentes del 53 “ de Antonio Alice. Conserva de los tres la horizontalidad, y contrariamente a “La libertad guiando al pueblo” de Eugene Delacroix define el propio artista: “En ella no hay armas, no hay lucha de clases, y no hay un ser ideal en el centro, solo una bella mujer argentina. La pintura quiere referirse a la necesidad de afirmación del ser humano, donde la mujer es mayoría porque tiene un papel superior en la nueva sociedad”. No quiso hacer un cuadro histórico que nos lleve al pasado, sino que quiso afirmar las instituciones, darle a la Justicia toda su fuerza, y enseñar la Constitución en las escuelas considerándose no un artista sino un ciudadano más.

  

Para Guillermo Roux una de las cosas que coloca al hombre por encima de las crisis es la vocación. Y es imprescindible, según su opinión, hacerse cargo de ella peleando contra un mercado cada vez más condicionado por los intereses económicos que por los estéticos. Consideraba que hay mucho exitismo y algo de engaño dentro de este mundo. Sostenía que todo lo que está pasando en otros órdenes de la sociedad pasa en la cultura, que la generosidad del maestro es un rasgo imprescindible para alentar a los jóvenes que aspiran a seguir una carrera artística. “Con demasiada frecuencia, el objetivo de realizar una vocación en el arte queda por debajo de los dictámenes del mercado. El verdadero objeto artístico, resulta menos poderoso que el mercado, que se erige en valor supremo”.

 

Este gran maestro, que supo transitar por una humilde escuela jujeña, que abrió las puertas de su taller, y que recibió los más altos reconocimientos, fue siempre el mismo. Nunca claudicó, nunca concedió, siempre escuchó sus propias voces interiores. Era un coleccionista mental de infinidad de imágenes, de seres y de objetos, de los detalles más bellos que guardaba en su prodigiosa memoria y que revivía en sus viajes introspectivos. Dueño de técnicas envidiables, nos regaló ese fantástico mundo interior a través de sus mágicos pinceles.

 

Jorge Romero Brest dijo de Roux: “Es uno de los pocos pintores, sino el único, que me hace dudar sobre el vaticinio de la pintura de caballete; pues tanta fuerza, tanto empeño y tanta justeza en las realizaciones, no pueden ser soslayados”.

 

Guillermo Roux fallece en Buenos Aires, en noviembre de 2021, a los 92 años; pintando.   

 

 

* Febrero de 2023. Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


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