La irrupción del revolucionario «Daguerreotype» -primer proceso fotográfico- causó por su gran fidelidad, verdadero pasmo en la sociedad de la época; desde su cuna francesa en París y a partir de agosto de 1839, aquella novedad técnica y artística gracias a los esfuerzos conjuntos de sus inventores Joseph Nicéphore Niépce (1765-1833) y Louis-Jacques-Mandé Daguerre (1787-1851) dio la vuelta al mundo a velocidades vertiginosas para las lentas comunicaciones de su tiempo.
Solo pocos meses después atracaba en el puerto de Montevideo la nave "L' Oriental", a cuyo bordo se encontraba en viaje una original escuela franco-belga en gira mundial. Lo interesante del asunto es que el capellán de la expedición Louis Compte, era además el responsable de operar una flamante cámara de daguerrotipo, con la cual tomó vistas de aquella capital en demostraciones públicas.
Entre las altas autoridades uruguayas presentes, se encontraban algunos exiliados políticos argentinos como Mariquita Sánchez de Thompson, el abogado y periodista Florencio Varela y el general Tomás de Iriarte; todos los cuales dejaron testimonios escritos sobre aquel impactante suceso.
Fueron precisamente esas notas periodísticas en los medios montevideanos, cartas familiares y aún memorias de vida, las que inauguran la crónica histórica rioplatense sobre el daguerrotipo. Debemos señalar que muchos fueron los invitados a presenciar esa maravilla, pero solo estos documentalistas mencionados, rescataron aquel hito histórico. Se cumple así nuestro lema: "Lo que no se escribe... nunca existió".
Luego hubo que esperar hasta mediados de 1843 cuando irrumpen en Buenos Aires los primeros daguerrotipistas europeos y norteamericanos, ofreciendo sus misteriosos retratos espejados, pero a solo un segmento adinerado de la población porteña.
Los atractivos avisos publicados en la prensa local por los pioneros John Elliot, Gregorio Ibarra, John Bennet y otros, se convierten así en la primera hoja de ruta para reconstruir esta fragmentada historia.
El primer historiador argentino sobre este tema fue el doctor chascomusense Julio Felipe Riobó quien, en las décadas de 1940/1950, investigó, coleccionó, expuso y finalmente publicó diversas crónicas dedicadas exclusivamente a la etapa del daguerrotipo en Buenos Aires.
Luego y hacia los años '80 surge en el país un inédito movimiento volcado hacia la recuperación de aquel lejano patrimonio; entidades como el Centro de Investigaciones sobre Fotografía Antigua en la Argentina (1985), Fundación Antorchas o los Congresos de Historia de la Fotografía (1992) van difundiendo y multiplicando esfuerzos.
Aquellas agrupaciones y entidades, sumadas a un grupo de investigadores como Federico Palma, Vicente Gesualdo, Juan Gómez, Miguel Ángel Cuarterolo, Luis Priamo, Saamer Makarius, Abel Alexander y Carlos Vertanessian, van armando este complicado puzzle.
Crónicas daguerreanas
En este punto es importante señalar que la reconstrucción sobre la historia del daguerrotipo rioplatense siempre fue la más difícil y por varios motivos. En primer lugar, digamos que aborda precisamente la etapa más alejada en el tiempo sobre aquel antiguo proceso; el segundo es que la vigencia del mismo apenas superó algo más de dos décadas (1843-1865) en el gusto popular, para luego desaparecer por la moderna y económica fotografía negativo / positivo.
El daguerrotipo se utilizó abrumadoramente en el campo de la retratística social - los registros urbanos o rurales "plein air" son escasísimos - pero, solo un 10 % de esas obras fueron firmadas por sus autores, quedando en su encumbrada mayoría huérfano de toda autoría comprobada.
Por supuesto que a este panorama urbano actuante en las capitales de ambas orillas del Plata, hay que sumarle la daguerrotipia desarrollada en las provincias argentinas y departamentos uruguayos.
Quedaron entonces como testimonio los escasos avisos de prensa en diarios de Montevideo y Buenos Aires, para poder monitorear las andanzas de aquellos jóvenes aventureros extranjeros y tratar así de conformar una cierta biografía sobre cada uno de ellos: ubicar y fechar el domicilio de sus atelieres, las diversas técnicas ofrecidas y eventualmente esas obras únicas en diferentes tamaños insertas en lujosos estuches de cuero o termoplástico, joyas en miniatura o marcos de exhibición familiar.
Un rescate familiar
En contadas ocasiones, surgen rescates providenciales con abordajes desde el mismo seno familiar del autor; así sucedió con mi antepasado paterno, el daguerrotipista y ambrotipista alemán Adolfo Alexander [Hamburgo, 1822 - Buenos Aires, 1881] quien operó en Alemania, Chile y Argentina. Y de igual modo, aunque con autores más cercanos en el tiempo, agreguemos los ejemplos de Mercedes Inés Monteverde y sus estudios sobre Mateo Bonnin -tío abuelo por línea política materna-, un fotógrafo pionero en Mar del Plata, y de Verónica Tell y su contribución sobre Gastón Bourquin, notable fotógrafo suizo, activo en Argentina, su abuelo materno.
A estos escasos ejemplos ahora hay que sumar la rica historia oral y documental sobre el daguerrotipista uruguayo Domingo Miguel Márquez Huertas [1815- 1873], saga rescatada providencialmente luego de tantas generaciones por el doctor Martín Ospitaletche, a quien felicitamos su singular exploración.
Tataranieto por su lado materno, Ospitaletche ha conformado una rica biografía, también mucha más humana, gracias a los testimonios acumulados a lo largo de cinco generaciones sobre el daguerrotipista y ambrotipista Domingo Márquez, descubriendo que, amén de su profesión fotográfica, se desempeñó como artista platero, dentista y hasta ejerció el cargo de alcalde Ordinario y capitán del Puerto en el mismo Departamento de Maldonado.
Gracias a sus investigaciones se han rescatado, además, una cierta cantidad de tempranos daguerrotipos y ambrotipos realizados por Domingo Márquez, los cuales ya forman parte del patrimonio fotográfico del Departamento de Maldonado. Debemos agradecer el valioso y entusiasta apoyo del historiador Juan Antonio Varese, indiscutible padre de la historia fotográfica de la República Oriental del Uruguay.


