Por tercera vez, nuestro espacio fue seleccionado como casa de subastas para ofrecer a la venta tesoros cortazarianos. En las otras dos ocasiones aconteció en Montevideo -lo hicimos junto a Zorrilla Subastas- y ahora sucede en Buenos Aires, donde incluiremos este sorprendente material en el próximo remate de Hilario. Sin duda, será otra vez un suceso, ya que incluye piezas inéditas -cartas y fotografías- y las versiones más tempranas de algunas de sus obras más apreciadas. Por citar una: la de su famoso cuento Casa tomada. Aquí, el especialista y bibliógrafo de Julio Cortázar, el librero anticuario Lucio Aquilanti, nos obsequia un estudio sobre este noble archivo.
Hay conjuntos documentales que parecen haber sido reunidos por el azar, mientras que otros revelan una lógica secreta. El conjunto del que hablaremos pertenece sin duda, a los segundos. Aquí, cartas, poemas, fotografías, postales y libros dedicados van dibujando, a lo largo de casi cuatro décadas, la historia de una amistad que Julio Cortázar conservó con una fidelidad que puede medirse en páginas.
El destinatario principal de esa correspondencia fue Sergio Hočevar o mejor, Sergio Sergi, como firmaba este notable grabador italiano radicado en Mendoza, y a quien Cortázar llamaba afectuosamente «El Oso». Junto a él aparece, inseparable de esta historia, su esposa, Gladys Adams y, más adelante, su hijo Fernando. Entre Buenos Aires, Mendoza, París y Saignon, entre los años cuarenta y los ochenta, Cortázar fue dejando una extraordinaria constancia de ese vínculo: tres poemas originales, 17 fotografías, postales, libros dedicados y casi treinta cartas con su bellísimo estilo epistolar, en donde parece escucharse su inconfundible voz: «Querido Oso redondo y gruñón», comienza una carta de enero de 1945. El apodo atraviesa décadas y geografías como una contraseña privada entre dos amigos.
Mendoza: el lugar donde empezó todo
La historia de este conjunto no puede separarse de la relación de Cortázar con Mendoza.
En 1944, tras recibir inesperadamente el ofrecimiento para ejercer como profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, Cortázar abandona su puesto de maestro en Chivilcoy y llega a Mendoza el 8 de julio de aquel año. Allí se desempeña como profesor interino de Literatura Francesa y Literatura de Europa Septentrional.
En Mendoza vivirá en distintas pensiones y residencias. Una de ellas, ubicada en Martínez de Rosas 955, estaba próxima a la casa de Sergio Sergi y Gladys Adams. Allí se inicia una amistad que, a juzgar por los documentos que hoy conocemos, estaba destinada a sobrevivir a la distancia.
Los años intensos, atravesados por la convulsión política del país y de la propia Universidad, llevaron a Cortázar a participar del debate y en la toma de la casa de estudios junto a otros docentes y alumnos en 1945, tras la cual será encarcelado por 48 horas. Esto entre otros motivos, precipitará su regreso a Buenos Aires.
Pero la distancia no significa olvido. Por el contrario: las cartas se suceden, algunas acompañadas de dibujos, otras con anotaciones manuscritas, otras escritas sobre papeles circunstanciales -incluso sobre papel membretado de la Cámara Argentina del Libro, 1946, en donde él fue gerente-, y todas conservan ese tono de intimidad que convierte la correspondencia en algo mucho más revelador que una simple comunicación epistolar.
Poemas para los amigos
Hay algo especialmente conmovedor en que Cortázar no solo escribiera cartas a los Hočevar, sino también poemas.
Marco Polo recuerda, dedicado de puño y letra «To the Bears, Julio. Mendoza, setiembre/45», es una pieza particularmente significativa. El poema será publicado hacia 1956 en la rarísima edición mimeografiada de Resumen de otoño, realizada por el propio Cortázar en París, y posteriormente en Salvo el crepúsculo, en 1984, con algunas variantes. El original aquí presente, permite, por lo tanto, asomarse a una versión anterior del texto.
A él se suman Un Goulash para El Oso, dedicado a Sergio Sergi y relacionado con aquellas comidas en las que el grabador ofrecía a su amigo su célebre goulash, y Jangada para Sergio Sergi, fechado el 3 de noviembre de 1945 y publicado por primera vez en 1994.
Es «deliciosamente» cortazariano en que una amistad pueda quedar documentada, entre otras cosas, por un goulash.
Gladys: una presencia distinta
Si Sergio es el «Oso», Gladys ocupa otro lugar, mucho más difícil de clasificar.
La correspondencia revela una relación de enorme intensidad afectiva, atravesada por la amistad, la nostalgia y aquello que ambos, muchos años después, reconocerían como un deseo que no había llegado a realizarse.
Jaime Correas, en Cortázar en Mendoza. Un encuentro crucial [2014], describe el reencuentro de ambos en esta ciudad y recuerda que, aun después de décadas, Cortázar había continuado escribiéndose con Gladys. El matrimonio Hočevar había terminado hacía años, el Oso había fallecido en el ‘73, y en una carta de 1978, Gladys le confiesa que aquella amistad había tenido también «algo así como un lejanísimo camote» y Julio le responde conmovido, hablándole de «nostalgia, de deseo irrealizable, alegría frente a alguien tan vital y tan lleno de poesía».
No es un dato menor que en 1972, curiosamente antes del fallecimiento de Sergio Sergi, Cortázar escribiera sobre Gladys en el texto publicado, Paseo entre las jaulas (Il bestiario di Aloys Zötl. Milán, 1972): «Mencioné un tigre, hablé de amor, de golpe es Gladys Adams…». El archivo epistolar permite así establecer un diálogo particularmente sugestivo entre la obra publicada y los documentos privados.
Y quizá sea justamente allí donde estos papeles adquieren una dimensión excepcional: no solo permiten conocer al escritor, sino observar cómo la vida y la literatura de Cortázar se rozan, se contradicen, se recuerdan y vuelven a aparecer muchos años después.
El regreso
En 1973, después de casi tres décadas, Cortázar regresó a Mendoza. Había alcanzado gran fama internacional tras el éxito de Rayuela, en pleno Boom Latinoamericano. Acababa de publicar Libro de Manuel [30.000 ejemplares inmediatamente agotados] y volvía a Mendoza luego de tres décadas.
Venía de Chile, donde había participado de un encuentro con Salvador Allende, y decidió ingresar a la Argentina por Mendoza, «puerta de mi casa», diría. Llegó en tren, luego de un larguísimo viaje cuyo atractivo principal era también volver a contemplar la Cordillera de los Andes. En la estación lo esperaba Sergio Sergi, a quien no veía desde 1945.
Imágenes de una amistad
Las fotografías que integran este conjunto son documentos excepcionales: 18 copias vintage [de las cuales 12 permanecen inéditas], tomadas durante aquella visita a Mendoza, Potrerillos y Uspallata, junto a Sergio, Gladys y la familia.
Correas describe aquel reencuentro como una mezcla de alegría y melancolía. La ciudad había cambiado, muchos amigos ya no estaban, Gladys y el Oso se habían separado; pero permanecían las acequias, las calles arboladas, el olor del aire y, sobre todo, los recuerdos.
En Potrerillos, Cortázar y el Oso volvieron a ser, por unas horas, aquellos jóvenes de treinta años antes. Fueron hasta Uspallata para que Cortázar pudiera reencontrarse con los álamos que había conservado durante décadas en la memoria.
Un retrato de Julio dedicado a Sergio resume admirablemente ese reencuentro. Cortázar escribe: «Para Sergio, más oso que nunca, con la larguísima amistad de Julio. Mendoza, 1973».
La otra orilla
Dentro de este conjunto hay una pieza que excede, por su importancia literaria y genética, el ámbito estrictamente sentimental.
Se trata del mecanoscrito original de La otra orilla, el libro de cuentos [fechados entre 1937 y 1943] que Cortázar reunió en sus primeros años de escritor y que nunca publicó en vida, y que recién se publicará póstumamente en el primer tomo de los cuentos completos editado por Alfaguara a diez años de su muerte, en 1994. El ejemplar que aquí aparece está enteramente mecanografiado; consta de 121 hojas de 17 x 22 cm, con numeración anopistográfica y presenta aproximadamente 170 correcciones en tinta realizadas por el propio Cortázar.
La dedicatoria general de este original, curiosamente, es exactamente la misma que hacia 1951 el autor utilizará en su libro Bestiario: «A Paco, que gustaba de estos relatos» [se trata de su querido y tempranamente desaparecido amigo y compañero de escuela, Paco Reta].
Sorprende que en ninguna parte aparezca tipeado el nombre de Julio Cortázar, pero sí, escrito a mano, en lápiz, posiblemente de mano de Gladys Adams. Cortázar era muy cuidadoso de dar a conocer su producción hasta el momento de considerarla terminada, por eso se explica que le haya pedido que no pusiera su nombre. Incluso, pensando en la posteridad.
Hay además una circunstancia extraordinaria: esta copia fue mecanografiada por Gladys Adams a pedido de Cortázar, junto con otra que el escritor conservaría y llevaría posteriormente a París. La copia que aquí se ofrece fue obsequiada por Cortázar a Gladys.
El mecanoscrito permite además observar textos en estados anteriores a los que finalmente conoceríamos. Allí aparece, por ejemplo, una primera versión de Casa tomada, así como Relato con un fondo de agua y Estación de la mano, con diferencias respecto de sus posteriores publicaciones.
Relato con un fondo de agua se incluye en la edición de los Cuentos Completos [1994] con esa misma versión primitiva del cuento, pero que en vida Cortázar publicó con un estilo totalmente renovado en Final del juego [1964]. Jaime Correas destaca la maduración del texto entre la primera y última versión y que, en esta, en dos ocasiones deja aparecer la frase «la otra orilla», en homenaje a aquel libro, inédito hasta entonces.
Casa Tomada aparece aquí por primera vez, para ser luego impreso en Los Anales de Buenos Aires: n.º 11, Buenos Aires, 1946, y luego, en Bestiario [1951]. El propio Cortázar responde en una entrevista de Omar Prego Gadea que este cuento fue producto de una pesadilla soñada en el verano de 1945. Con esto deja por fin aclarado que la teoría de que el argumento es una metáfora del momento político del país, aunque muy creativa, es infundada.
Estación de la mano, impreso por primera vez en la revista Égloga: n.º 2, Mendoza, 1945, lo rescatará en su libro La vuelta al día en ochenta mundos (1967), pero con muchísimas modificaciones.
En otras palabras: estamos ante una pieza que permite observar el laboratorio de escritura de Cortázar.
El contenido se halla descrito en un índice al final del libro y se encuentra dividido en tres partes, cada una de ellas titulada como obra independiente, más otro cuento suelto:
PLAGIOS Y TRADUCCIONES
I. El hijo del vampiro.
II. Las manos que crecen.
III. Llama el teléfono, Delia.
IV. Profunda siesta de Remi.
HISTORIAS DE GABRIEL MEDRANO
I. Retorno de la noche.
II. Bruja.
III. Mudanza.
IV. Distante espejo.
V. Relato con un fondo de agua.
VI. Casa Tomada.
PROLEGÓMENOS A LA ASTRONOMÍA
I. De la simetría interplanetaria.
II. Los limpiadores de estrellas.
III. Breve curso de oceanografía.
Estación de la mano.
Cartas que atraviesan la vida
La correspondencia vuelve a aparecer después de Mendoza, primero con Sergio y luego, de manera cada vez más marcada, con Gladys.
Son en total 29 cartas, de las cuales 7 permanecen inéditas.
Vendrán las cartas de París y Saignon. En 1977 Cortázar le escribe a Gladys desde París, indicándole una «dirección postal segura», ya que había sufrido varios ataques a su buzón debido a su participación política.
Libros que también cuentan la historia
El conjunto se completa con ocho ejemplares de libros de Cortázar firmados o dedicados por el autor: 62. Modelo para armar, Historias de cronopios y de famas, Todos los fuegos el fuego, Los premios, Los Reyes, Bestiario, Las armas secretas y Final del juego.
Entre ellos sobresalen naturalmente Los Reyes, dedicado al «Oso» con la humorística frase «para que de nuevo no le guste», y Bestiario, dedicado en 1953 a «Gladys y a Sergio, con el grandísimo cariño de Julio».
A los libros se suman tres postales enviadas por Cortázar que extienden el mapa afectivo de esta relación hasta Perú, Chile, Francia y Suiza.
Una pequeña historia de la amistad
Visto en su conjunto, el archivo tiene algo que excede ampliamente la suma de sus piezas.
Son cartas, poemas, fotografías, postales, libros y un mecanoscrito fundamental. Pero, sobre todo, es el registro material de una amistad que comenzó en Mendoza cuando Cortázar todavía no era el Cortázar de Rayuela, que sobrevivió a su partida a Buenos Aires, a su instalación definitiva en París, a la fama internacional y al regreso a aquella ciudad tres décadas después.
Es también la historia de tres personas que ocuparon lugares diferentes en la vida del escritor: Sergio, el «Oso» de las cartas y del goulash; Gladys, presencia afectiva, literaria y acaso amorosa, nunca completamente resuelta; y Fernando, receptor de una de las cartas más dolorosas del conjunto, escrita después de la muerte de su padre.
Quizá por eso estas piezas tienen algo que rara vez consigue un archivo literario: no sólo documentan la obra de un escritor, documentan su manera de querer.
Cuando Cortázar vuelve a Mendoza en 1973, acompañado por sus fantasmas y sus recuerdos, encuentra que algunas cosas han desaparecido y otras permanecen. Entre ellas, una amistad capaz de atravesar casi treinta años.
En Mendoza comenzó esta amistad. Después vinieron Buenos Aires, París, Saignon, los libros, la fama, las distancias y los años. Sergio murió; Gladys y Fernando siguieron guardando aquello que había quedado de lejanos días.
Hoy, más de ochenta años después, esos papeles vuelven a hablar. La letra de Cortázar, sus poemas, sus cartas, las fotografías, los libros que dedicó, reconstruyen algo que parecía destinado a desaparecer: la intimidad de una amistad.
Porque a veces los papeles no guardan el pasado. Lo devuelven.
* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios



