Abel Alexander. Sobre la fotografía, la generosidad y otras cuestiones

Esteban Gonnet, vista de la Pirámide de Mayo, copia a la albúmina, en el álbum Recuerdos de Buenos Ayres, 1864. El álbum se exhibió en Los Ángeles y en Buenos Aires, en la exposición titulada Fotografía en Argentina, 1850-2010: Contradicción y continuidad.



Imagen icónica tomada por Francisco Ayerza hacia 1890, cuando imaginó la edición del Martín Fierro ilustrado con fotografías. Un sueño trunco… La guía de Abel Alexander «nos hizo entender que ya no cabía la idea de que la exposición no incluyese la fotografía antigua», afirma aquí la curadora. 




Judith Keller, co-curadora, junto a Idurre Alonso en un registro tomado en el ingreso a la sala de exhibición del museo J. Paul Getty, de los Ángeles (USA) en 2017. Fotografía: Gentileza de la autora.



Ricardo Sanguinetti, retrato de Abel Alexander. Buenos Aires, noviembre de 2018.



Idurre Alonso


Jefa de Arte Moderno y Contemporáneo y Curadora de Colecciones latinoamericanas Getty Research Institute, Los Angeles.


Por Idurre Alonso *

Conocí a Abel Alexander en 2014, durante mi primer viaje a Buenos Aires. Yo estaba trabajando en una exposición de fotografía latinoamericana en el museo J. Paul Getty que debía inaugurarse en 2017. Más adelante, la muestra acabaría centrándose exclusivamente en la fotografía argentina, pero en aquel momento, cuando la investigación apenas comenzaba, todavía no sabíamos qué rumbo iba a tomar.


El curador e investigador José Antonio Navarrete nos había sugerido contactar a Abel por ser una de las personas que podría ayudarnos con la fotografía del siglo XIX. Recuerdo que me interesaba encontrar retratos de estudio en los que hubiese una construcción deliberada de la imagen, con decorados y objetos, porque planeaba una exposición que iba a titularse Doble construcción.


Abel nos recibió aquel noviembre primaveral en su puesto de trabajo en la Fototeca Benito Panunzi, parte de la Biblioteca Nacional. Me acuerdo claramente de una oficina sencilla con un escritorio y tres sillas. Nos invitó a sentarnos y, enseguida, comenzó lo que considero una auténtica clase magistral sobre la historia de la fotografía antigua. Lo más sorprendente era la facilidad con la que conectaba nombres, estudios, archivos y colecciones, reconstruyendo ante nosotros un mapa completo de la fotografía argentina del siglo XIX. En mis notas de aquella reunión aparecen nombres como el de Benito Panunzi, Esteban Gonnet, Samuel y Arturo Boote, Antonio Pozzo, Harry Grant Olds… una gran genealogía de fotógrafos que Abel había estudiado durante muchas décadas y que, en aquella época, eran desconocidos para mí, que nunca me había adentrado en la fotografía antigua.


De aquel primer encuentro con Abel siguieron otros a lo largo de nuevos viajes a Buenos Aires. En nuestra segunda reunión quiso mostrarnos su colección de retratos y hasta nos ofreció que Luiza, su mujer, nos cocinase una comida con su sello de especialidad: la comida brasileña. Ver cientos de tarjetas de visita ordenadas en cajas en la casa de Abel fue otra de esas experiencias que no se olvidan. Cada caja parecía abrir una nueva historia y una nueva línea de investigación. Algunas de esas fotografías acabaron formando parte de la exposición, que para entonces se había centrado exclusivamente en la fotografía argentina. Se tituló Fotografía en Argentina, 1850-2010: Contradicción y continuidad y reunió 300 fotografías de 60 autores. La muestra viajó a la Fundación PROA en 2018 y se convirtió en la primera exposición del museo Getty en itinerar a América Latina. Ese maravilloso tándem de especialistas del siglo XIX que son Abel y Luis Priamo escribieron el ensayo del catálogo dedicado a la fotografía antigua.


Abel nos dijo en esa segunda visita que deberíamos conocer a otras personas e inmediatamente nos envió una lista con los nombres de los coleccionistas del siglo XIX más importantes de Argentina, entre ellos César Gotta, Daniel Sale, Matteo Goretti y Diran Sirinian. Hasta entonces habíamos pensado principalmente en archivos e instituciones; Abel nos hizo comprender la importancia que tenían las colecciones privadas para reconstruir esa historia. Con ello nos abrió también un nuevo panorama y nos hizo entender que ya no cabía la idea de que la exposición no incluyese la fotografía antigua. Así, las imágenes del siglo XIX se mezclaron en la muestra con las modernas y contemporáneas, revelando continuidades entre temas, preocupaciones y estrategias visuales que reaparecen en distintos momentos históricos. Quizás una de las singularidades de la muestra fue exactamente esa: que unió dos mundos que normalmente suelen operar en esferas diferentes, el siglo XIX y el XX, y eso, en parte, se lo debemos a Abel.


Siguiendo con las anécdotas que demuestran la contagiosa pasión de Abel por la fotografía, deseo compartir una última historia. Nos habíamos juntado en algún café de Buenos Aires con otras personas. En medio de la reunión, Abel me susurró: “a la vuelta de la esquina hay un librero que tiene un álbum de viaje muy interesante que creo que te gustaría ver”. Ya terminada la reunión, él y yo nos escapamos a verlo, excusándonos con el resto y diciéndoles que volveríamos pronto, mientras nos miraban extrañados.


El álbum de fotos mostraba un viaje en barco que una pareja había hecho en los años veinte desde Nueva York a Buenos Aires. Lo fascinante era que mezclaba imágenes personales hechas por ellos mismos con fotografías comerciales adquiridas durante el trayecto, lo que revelaba cómo los viajeros habían construido visualmente el relato de sus propios desplazamientos. No hay nada como la emoción de encontrar un pequeño tesoro y compartirlo. Miramos una y otra vez el álbum juntos y acabé comprando dos pequeñas imágenes, una vista de Río de Janeiro enmarcada por palmeras y otra del puerto de La Guaira en Venezuela. No son fotografías de gran valor económico, pero tienen otro valor: representan el recuerdo de una tarde compartida con Abel y la emoción del descubrimiento que tantas veces acompañó nuestras conversaciones sobre fotografía.


Dejo a otros colegas la tarea de hablar de Abel y contar más en detalle sus grandes contribuciones a la historia de la fotografía antigua a través de sus investigaciones, su trabajo en la Fototeca y la organización de los congresos de historia de la fotografía. Yo he querido centrar este pequeño homenaje en lo personal, para mostrar así que la enorme generosidad que caracteriza a Abel ha tenido un gran impacto en innumerables personas, entre las cuales me incluyo. Porque si algo he aprendido de nuestras conversaciones a lo largo de estos años es que el conocimiento adquiere un valor especial cuando se comparte, cuando abre nuevas líneas de investigación, descubre otros mundos y nos permite mirar de otra manera aquello que creíamos conocer. Y pocas personas han compartido tanto y tan generosamente como Abel Alexander.


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