Un reencuentro con mi amigo Benvenuto Cellini, orfebre y escultor

La Sacra di San Michele, vista desde el cielo.



El Sepulcro de los Monjes data del siglo X, actualmente en ruinas. Detrás, la Sacra. Fotografía del autor.



Vista frontal del conjunto. Detrás, la Galleria degli Uffizi. Fotografía del autor.



Parte trasera del Perseo. Obsérvese el autorretrato realizado con el casco alado y el cabello como barba del Cellini. Fotografía del autor.



Guillermo Vega Fischer

(Buenos Aires, 1979)


Compositor, pianista, dramaturgo, director musical y teatral, egresado de la Universidad Nacional de La Plata. Dirige junto al artista visual Pablo Archetti la Compañía Canción Nocturna del Caminante con la que estrena óperas de su autoría, como En la colonia penitenciaria, sobre el cuento de Franz Kafka; El infierno musical, sobre el libro de Alejandra Pizarnik; Canción nocturna del caminante y su pálido compañero, sobre canciones de Franz Schubert, y La máscara de la muerte amarilla, sobre la epidemia de fiebre amarilla de 1871 en Buenos Aires.


 Aquí su página con su producción: www.ccnc.com.ar


Dentro del equipo de Hilario se ocupa de la investigación y catalogación, especialmente en las áreas de las artes visuales, fotografía patrimonial, cartografía y literatura.


Por Guillermo Vega Fischer

Los viajes revisten casi siempre una doble cualidad, la de ser una experiencia de descubrimiento a la vez que de encuentro con lo conocido. Nos aventuramos a lo ignoto al tiempo que desandamos los caminos que en nuestra mente ya transitamos. Contemplamos la belleza de un monumento, una escultura o un edificio, a la vez que recordamos cuántas veces ya lo visitamos en novelas, películas, documentales, libros de historia o de arte, publicidades, relatos de familiares o en viejos posters. Así siempre me ha sucedido, aunque en el último viaje a Europa, visitando Francia e Italia, el reencuentro con lo desconocido se dio con fuerza inusitada, ¿cómo no habría de suceder así en estos dos países? Les comparto dos de estas experiencias, en ambas, con amores nacidos años antes en la lectura.


Desde la estación de tren de Sant’Ambrogio, a pocos kilómetros de Torino. Aquí  comienza nuestra caminata y ascenso. A lo lejos se observa la Sacra di San Michele. Fotografía del autor.


Aprovechando la invitación de nuestra amiga francesa Josette para realizar en París un concierto y una exposición de pinturas, recorrimos en el mes de noviembre algunas ciudades de Italia. En nuestro primer destino, Torino, visitamos la Sacra di San Michele. El complejo arquitectónico monástico erigido en la cima del monte Pirchiriano, al pie de los Alpes, si bien data del siglo X, se sabe que su abadía fue construida unificando una capilla románica de comienzos del siglo IV y otra bizantina del siglo V. El lento ascenso por el sendero sinuoso que atraviesa el bosque de la ladera de la montaña tornó más espectacular la aparición de su arquitectura de más de mil años. 


Por ese camino escarpado pasaba, tiempo atrás, una importante ruta de peregrinación que unía Mont Saint-Michel de Francia, con el Santuario de San Miguel Arcángel, cerca de Foggia. Los tres lugares sacros dedicados a San Miguel se encuentran a unos 1000 kilómetros de distancia uno del otro, alineados a lo largo de una traza recta, que idealmente prolongada, conduce a Jerusalén, por un lado, y por el otro al St Michael's Mount, en Cornualles (otro lugar dedicado San Miguel). Cuenta la leyenda que esa línea recta es la huella de la espada de San Miguel que redujo a Lucifer, para dejarlo en su destino infernal. La Sacra fue el primero de estos descubrimientos a la vez que reencuentro literario. Habitaba yo esta abadía desde hacía años; atravesaba sus gruesos muros, recorría su templo, sus patios y su biblioteca prohibida junto con el fraile Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk, personajes de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, obra publicada en 1980. Efectivamente, esta abadía inspiró al filósofo italiano para escribir su genial novela. Allí se sucedieron -según la pluma de Eco- una serie de misteriosos crímenes, mientras que entre franciscanos y pontífices se discutía la pobreza o no de la Iglesia. Uno de sus personajes, el bibliotecario ciego Jorge da Burgos, custodio de la biblioteca-laberinto de la abadía, no era otro que nuestro Jorge Luis Borges. 


Detalle de la larguísima escalera iluminada por la luz que entra por el portal, bautizada Escalera de los Muertos o Escalera al cielo. Obsérvese la construcción levantada sobre la roca misma de la montaña, y el milenario desgaste en los escalones. Fotografía del autor.


A pesar de haber comenzado la travesía temprano por la mañana, oscurecía ya en el monasterio. El ascenso por el cerro fue arduo, y debíamos desandar el camino lo más rápido posible, para que no nos sorprendiera la noche y el frío en el bosque. Ya de regreso en Torino, volvimos a la buhardilla que alquilamos, un cuarto con una preciosa vista a toda la ciudad piamontesa que fue capital del reino de Italia. Fuera de este cuarto, en la pared del pasillo, un vecino había colocado una pequeña biblioteca con la inscripción Puoi prendere un libro, puoi lasciare un libro. Puoi fare l'uno o l'altro. (“Puede tomar un libro, puede dejar un libro. Puede hacer una o la otra cosa”). Ligeros de equipaje, no teníamos ningún libro para dejar, pero no dudé en tomar uno de aquellos ejemplares, L'isola del giorno prima, o en español “La isla del día de antes”, otra novela de Umberto Eco. La observo aquí al lado mío, mientras escribo estos recuerdos del viaje, ya en Buenos Aires.


Las ruinas del monasterio frente al imponente paisaje piamontés. Fotografía del autor.


Finalmente, la Florencia de Cellini


Luego de visitar -¡absolutamente maravillados!- Roma, nos dirigimos hacia Florencia. Allí nos reunimos con Josette y otra amiga francesa, Dodó. Dejamos los bolsos en nuestro nuevo hogar y comenzamos la passeggiata. Nuestro primer objetivo era la Piazza della Signoria, para reunirnos allí, en la Loggia della Signoria, con la escultura Perseo con la cabeza de Medusa de Benvenuto Cellini (Florencia, 1500 - 1571). La Loggia della Signoria, también llamada Loggia dei Lanzi, es, sin lugar a dudas, el más importante conjunto escultórico al aire libre de todo occidente. Construída entre 1376 y 1382, la loggia servía para guarecer las numerosas asambleas públicas populares y las ceremonias oficiales de la República florentina. A partir del siglo XVI, con la creación del Gran Ducado de la Toscana y la supresión definitiva de las instituciones republicanas, este espacio fue destinado por orden de Cosme I de Médici, a acoger algunas obras maestras de la Escultura, convirtiéndose así en uno de los primeros espacios expositivos del mundo.


Vista de la Loggia della Signoria, tomada desde el Palazzo Vecchio. Se destaca, debajo de la primera arcada de la izquierda, El Perseo de Cellini. Foto del autor.


Dos leones, obras de los escultores Flaminio Vacca (Caravaggio, 1538 - Roma, 1605) y Domenico Fancelli (Settignano, 1469 - Zaragoza, 1519), nos escoltan en el ascenso de la escalera que conduce al gran recinto techado pero abierto a la plaza. Allí se exhiben once grupos escultóricos; entre ellos varios mármoles romanos, como las Sabinas, o Patroclo y Menelao; El Rapto de las Sabinas y Hércules y el centauro Neso, ambas de Giambologna (Douai, 1529 - Florencia 1608); y El rapto de Políxena, de Pio Fedi (Viterbo, 1815 - Florencia, 1892). Resulta así la Loggia, la síntesis del renacimiento escultórico florentino, aquel tiempo en el que el antropocentrismo reemplaza al teocentrismo. Obras romanas, algunas de ellas copias de originales griegos (como Patroclo y Menelao), y esculturas originales del renacimiento inspiradas en aquellos mitos y estéticas grecolatinas. Como excepción a la regla, la escultura neoclásica de Pio Fedi, que aunque cuatro siglos posterior a las renacentistas, continúa con la herencia helénica. Son todas éstas, preciosas esculturas talladas en mármol blanco, sin embargo una se distingue, por su altura, por la impresionante figura que representa, y por el color verde intenso del bronce que la constituye. Se trata de Perseo con la cabeza de Medusa, de Benvenuto Cellini.


Allí, en Florencia, capital del renacimiento italiano, donde resuenan nombres más altisonantes como los de Leonardo, Botticelli, Miguel Ángel o Tiziano, es el de Cellini el que me atrapa. Varias lecturas fomentaron el deseo irrefrenable del (re)encuentro con su Perseo, y a través de su obra, con su persona. La primera, la de mi novela argentina favorita, Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez, publicada en 1962. Escribe Manucho que galopaba el joven príncipe Orsini por las playas de su heredad, sus playas, y divisa a lo lejos un hombre y un muchacho que recogían piedras y conchas a orillas del mar.


«Me llamaron, agitando los brazos, y me aproximé. —¿Por qué no bajas del caballo? —inquirió el hombre. Yo, que temía que extremara la familiaridad y que acaso abusara de mi indefensa endeblez, mofándose con su compañero de mi giba, opté por decirle quién era, esperando que mi nombre, que resonaba con eco tan señorial en toda Italia, ganaría más prestigio aún en ese sitio, que como la zona adyacente, por muchas leguas pertenecía a los Orsini, y que desecharía cualquier idea ingrata. Pero el hombre no se inmutó: —Si tú eres Orsini —me respondió con altivez— yo soy Cellini, Benvenuto Cellini, orfebre, y con estas manos puedo fabricar en una hora tales maravillas que, así fueras el emperador de Alemania, me tratarías con deferencia y me encargarías que te hiciera una corona, seguro de que no lucirías nada igual.


(...)

Les pregunté qué buscaban en la orilla.

-Buscamos -me respondió Benvenuto- algunos guijarros de hechuras raras, porque la Naturaleza es una artista sutil e inventa con más inspiración que nosotros y siempre nos está señalando lecciones de color y de forma. Si bajas, podrás ayudarnos a buscarlas.


(...)

Cellini me tendió algo que brillaba.

-Es para tí -me dijo-. Consérvalo en memoria de este encuentro.

Era un anillo de acero puro, incrustado de oro.

Lo hice - añadió- inspirándome en los que aparecen en las urnas llenas de cenizas y que, según cuentan, son amuletos que procuran felicidad».


El príncipe Orsini conservó el anillo como uno de sus objetos más preciados. Pronto se hacen amigos, y en la lectura, yo de ellos. 


Recordaba el encuentro del príncipe y el artista mientras observaba absorto, a 5,2 metros, la cabeza recién cortada y sostenida por Perseo. Cuelgan del cuello de Medusa estilizadas venas, vísceras y sangre, al igual que de su cuerpo, contorsionado y pisado por Perseo. La escultura apoya sobre un pedestal de mármol de dos metros que contiene en sus lados cuatro figuras de bronce, los padres y hermanos de Perseo, es decir, Zeus, Dánea con Perseo de niño, Hermes y Atenea. El Perseo es la obra maestra de Cellini, realizada entre 1545 y 1554, considerada una de las obras cumbres del manierismo italiano, y la más famosa e importante de las exhibidas en la Loggia della Signoria. Fue encargada en 1545 por Cosme I luego de la toma de posesión como duque de la ciudad, para ser colocada en la Piazza della Signoria junto a la Judith de Donatello y al David de Miguel Ángel, como reafirmación del poder de la familia Medici. La obra representa el corte y fin de la experiencia republicana de la ciudad, simbolizada por la Medusa, de cuyo cuerpo salen las serpientes que representan las discordias entre ciudadanos que habían caracterizado la vida pública de la ciudad, discordias levantadas allí mismo, en la Loggia. Y por supuesto, el duque mismo representado en el Perseo. 


El Perseo fotografiado desde la Loggia, se observa detrás el Palazzo Vecchio, y a los lados de la puerta del palacio, El David de Miguel Ángel (la copia) y Hercules y Caco de Baccio Bandinelli. Fotografía del autor.


Años después de Bomarzo leí Mi vida, la autobiografía de Benvenuto Cellini. Escrita entre 1538 y 1562, se imprimió póstumamente en 1728 con el título de La Vita di Benvenuto di Maestro Giovanni Cellini fiorentino, scritta, per lui medesimo, en Firenze.


«-El duque Cosme desea saber cuánto pides por tu Perseo.

Contesté que aunque me diera el duque diez mil escudos no me lo pagaría suficientemente, y que si yo me hubiera figurado que íbamos a llegar a tal situación no me hubiera quedado nunca en Florencia. Aquel hombre, despechado, me dirigió muchas palabras injuriosas y yo se las dije a él también. 

Al día siguiente, cuando saludé al duque, me hizo señas y me acerqué a él, que me dijo encolerizado:

-Con diez mil ducados se hacen palacios y ciudades.

Y yo contesté:

-Vuestra excelencia encontrará en este mundo infinitos hombres que sepan hacerle ciudades y palacios, pero tal vez no encuentre uno que sepa hacer un Perseo como el mío».


¡Cuánta razón tenía Cellini!, pensaba, mientras seguía disfrutando de la belleza trascendental de esta obra. También pensaba cuán notoria fue la inspiración de este párrafo, rebosante del orgullo del artista, para Mujica Láinez, en la escritura del encuentro entre Cellini y Orsini que cité más arriba. Benvenuto plasmó su orgullo no solo en las páginas de su autobiografía, también se refleja en su gran escultura. Su firma aparece en el lazo que rodea todo el torso de Perseo: ​​BENVENVTVS CELLINVS CIVIS FACIEBAT MDLIII, es decir “el ciudadano Benvenuto Cellini lo hizo en 1553”. Pero aún más llamativo, el escultor colocó un autorretrato en la nuca de Perseo. El casco forma las cejas, la nariz y la forma de la cara, mientras que el cabello de la nuca de Perseo es la barba de Cellini.


Cada uno de los siguientes días que visitamos Florencia convencí a mis compañeros de viaje para que los recorridos, que incluían el Palazzo Pitti o la Galleria degli Uffizi -y aperitivos de Campari o Aperol-, intermediaran o concluyeran en la Loggia della Signoria. Cada nuevo encuentro con el Perseo nos evocaba otro pasaje de su autobiografía. Recordábamos, finalmente, su relato del momento de la fundición de la gran escultura. Construida bajo el procedimiento de la cera perdida, Cellini esculpió la obra en cera. Luego se cubrió de arcilla y con calor este molde de arcilla se vació de cera y se coció. A continuación se tendió el molde -con sus tres metros y medio de largo- en un pozo sobre el que se construyó un horno especial. A través de muchos conductos se vertería el bronce, mediante un procedimiento novedoso, único para esta pieza de proporciones y forma extrañas y revolucionarias para la fecha. La empresa era ardua por demás, junto al maestro trabajaban unos diez ayudantes. Al tiempo que el metal comenzaba a fundirse debía prenderse el horno con el Perseo hueco en su interior, para que el metal no se enfriara al contacto con la arcilla, y llegase a cada rincón de la obra. Una tormenta estalla en Florencia y el taller empieza a incendiarse, al mismo tiempo que Cellini hierve de fiebre:


«[...] presa de intensa fiebre y de las llamas del taller, azotando un vendaval de lluvia el molde y el horno, cuajado el bronce por súbito enfriamiento, asustados y despavoridos los presentes, reanimando el semimoribundo escultor el fuego con troncos de leña y mejorando el metal en fusión con toda su vajilla de estaño y, como dice Marco, entre la fiebre, el delirio, el incendio y el vendaval que arrecian en aquella tremenda noche de locura artística de un genio, se oye un trueno formidable, a la vez que deslumbra la escena un relámpago cegador, verdadero fiat lux de aquel génesis de una estatua, y ese milagro de la voluntad crea un prodigio de alta inspiración… Perseo quedó hecho».


Sobre el Puente Viejo, el monumento A Benvenuto Cellini. Maestro gli orafi di Firenze (A Benvenuto Cellini. Maestro de los orfebres de Florencia). 


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