Por Mariana De Leo
En Reta [2] todos conocían a Arturo. O mejor dicho: todos conocían a Arturo y sus cosas. Cuando éramos chicos llegábamos a la casa de veraneo y corríamos a pedir herramientas, para poner la garrafa, acomodar el patio o arreglar algo. Siempre amable y colaborador.
Arturo había empezado siendo mecánico. Un mecánico serio, trabajador, de esos que arreglan motores, areneros, solo escuchándolos respirar. Virtud y saberes que más tarde se los dejaría al taller «Car Mona», porque cuando murió la Chola, algo raro le pasó por dentro.
Estuvo triste pero luego se convirtió en artesano. En inventor, una especie de Giro sin tornillo.
Como si la pena, en lugar de romperlo, le hubiera desordenado la imaginación.
La Chola había sido una mujer impactante, divertida, política, gran fabricante de ravioles y dueña de un carácter capaz de acomodar cualquier discusión con sonrisas o chancletazos verbales. Mientras ella vivió, Arturo todavía conservó cierta relación con la lógica.
Pero después empezó el desafío. Inició la era de la acumulación de objetos para convertirlos en figuras extrañas de tuercas y tornillos, en obras figurativas, como la iglesia iluminada de Reta con sonidos musicales, planos y cuadros de torres de adoquines y soles de fierro, imaginando un acceso a Reta. Los manteles de hule de la Chola los usó para hacer obras de ensamblaje estilo Berni, rompiendo todos los moldes del arte, con pinturas extravagantes y expresiones de la vida cotidiana de su mundo.
Hasta que un día el interior de su casa quedó repleto de obras y artesanías y apareció la Sirena.
La vi nacer desde mi casa. Una mañana Arturo salió con hierros, cemento, pinturas, un reloj viejo y esa mirada de inventor que tienen los hombres cuando ya nadie logra detenerlos.
Sin planos. Sin permiso. Sin explicación alguna empezó y durante semanas martilló bajo el viento del mar hasta levantar una sirena frente a su casa. La estatua amurada a la pared sostenía un reloj sobre la cabeza, como una especie de diosa marítima del horario ferroviario.
Era magnífica. Al principio.
Porque la estructura empezó lentamente a vencerse. La pobre sirena no fraguaba y fue perdiendo el cuello día tras día, como si el tiempo mismo la estuviera aplastando. Arturo tardó bastante en advertirlo. Y cuando finalmente comprendió que la cabeza se hundía hacia los hombros, resolvió el asunto con ingeniería artesanal: le puso un palo en la nariz para apuntalar la cabeza y que el reloj no cediera.
Así quedó. La Sirena terminó medio encogida, con la nariz achatada, sin cuello. Pero siguió dándonos la hora durante años al pueblo del mar como una reina derrotada y lo que es mejor, dio su nombre al museo de Arturo: «La sirena».
Ahí empezó todo. Después vinieron los inventos.
Arturo fabricaba cualquier cosa: barcos diminutos dentro de botellas, mecanismos absurdos, esculturas móviles y objetos que nadie entendía, pero todos miraban.
Hasta que un día ganó un premio por un violín microscópico tallado en hueso. Un violín tan pequeño que parecía construido para una pulga melancólica.
El premio incluía un viaje a España.
Y Arturo, de la emoción, cometió la hazaña más perfectamente arturiana de su vida: se fue sin bolso.
Una semana entera en Europa con la misma ropa, la billetera en el bolsillo y un peine. Nada más. Según él, viajar liviano «aclaraba las ideas». Nadie supo nunca si fue filosofía o distracción.
Fue durante ese viaje, en una exposición de tecnología de los años noventa, donde ocurrió el episodio que la historia todavía no se anima a reconocer oficialmente.
Arturo conoció a un joven ingeniero americano flaco, callado y con cara de no dormir nunca. Se llamaba Elon Musk.
El muchacho quedó fascinado escuchando las historias del artesano de Reta, que hablaba mezclando mecánica, ciencia ficción y delirio costero.
Porque Arturo no solo hacía esculturas. También había fabricado un vehículo futurista. Lo había construido con un motor Citroën, chapa galvanizada y una confianza desmedida en el porvenir.
Tenía líneas geométricas, aspecto aerodinámico y formas tan filosas que parecía diseñado por un extraterrestre deprimido.
Arturo lo bautizó ORNI: Objeto Rodante No Identificado.
Decía que no era un auto sino «una idea futurista». Y realmente lo parecía.
Minimalista. Extraño. Metálico. Solo tenía un pequeño inconveniente. Arturo se había olvidado de ponerle tanque de combustible. Entonces el vehículo andaba con un bidoncito de nafta atado arriba del techo. El detalle no le parecía grave.
Según Arturo, «la NASA también corrige cosas sobre la marcha». El joven Elon escuchó todo aquello con ojos enormes y tomó nota.
Observó una foto que Arturo llevaba en la billetera entre las fotos de la Chola y sus amigos. Atendió la explicación sobre las formas y los ángulos del ORNI.
Y ahí, probablemente allí, ocurrió el robo del siglo.
Porque muchos años después, cuando Arturo ya no estaba apareció el famoso Tesla Cybertruck: Plateado. Geométrico. Filoso. Minimalista.
Con aspecto de nave espacial improvisada por un mecánico visionario.
Demasiadas coincidencias, pensé.
En Reta nadie duda de la verdad. Elon Musk no inventó la camioneta Cybertruck que exhibe el diputado jujeño. Le robó la idea a nuestro artesano.
Por suerte, Arturo nunca llegó a enterarse. Porque, aún con su sonrisa y parsimonia, hubiera tomado el primer vuelo a Estados Unidos, sin bolso, con un bidón de nafta, unos cables y una servilleta llena de dibujos para reclamar, con justicia la autoría internacional del ORNI.
Notas:
1. Con este relato iniciamos un espacio que se abre a textos breves e inéditos.
2. Balneario ubicado en la costa atlántica, en el partido de Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires.