La colección criolla del Dr. Esteban Paz



El doctor Esteban Paz posa ante la cámara fotográfica en su pulpería; detrás, las rejas, botellas, copas y demás elementos, como la lámpara de aceite que pende junto a la pared. Lo vemos recostado sobre una columna y con su mano derecha apoyada en el respaldo de una silla criolla. (Revista El Hogar, 1953)


Jefe de mazorqueros. Obra ejecutada en 1935 por Pablo Cristian Ducrós Hicken (1903 – 1969).


Guillermo Palombo

 

Miembro Emérito del Instituto Argentino de Historia Militar, integrante del Grupo de Trabajo de Historia Militar de la Academia Nacional de la Historia, Académico Correspondiente de la Academia Sanmartiniana y del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, ex presidente del Instituto de Estudios Iberoamericanos.

 

Su producción impresa sobre diversas disciplinas (libros, folletos, capítulos en obras colectivas, artículos en revistas especializadas y diarios) supera los 300 títulos.


Por Guillermo Palombo *

Junto a los grandes coleccionistas han habido en nuestro país muchísimos otros que no han tenido ninguna notoriedad pública, la mayoría de las veces porque no estaban interesados en tenerla y porque consideraban a sus colecciones como algo propio de su vida privada y relacional, y en todo caso de conocimiento limitado al círculo de sus amistades. He conocido a muchos de ellos y es justo recordarlos por su empeño en rescatar las cosas nuestras, pudiendo haberse dedicado a coleccionar otro tipo de objetos de mayor entidad material.

 

La pulpería, con las carreras cuadreras que  amenizaban los días de descanso y las fiestas patrias, ha sido siempre objeto de atención para nuestros escritores costumbristas y artistas plásticos de todos los tiempos. No era solamente, como afirmé alguna vez, un lugar de venta de los elementos que abastecían la mesa cotidiana, indumentaria y todo lo que a uno se le pudiera ocurrir, sino también un espacio de sociabilidad [1], que en mucho dependía del carácter de los concurrentes, ya que sabido es que el alcohol no le “pega” bien a todos, y en algunos, rotos los frenos inhibitorios, desata los peores instintos.

 

Entre aquellos coleccionistas tan escasamente o nada conocidos, quiero recordar al Dr. Esteban Paz, prestigioso profesional que en una habitación de su domicilio había montado una auténtica pulpería criolla. No era, como a simple vista pudiera suponerse, un simple bar para recibir a los amigos, porque con mucho empeño había seleccionado cada elemento que la ambientaba. Desde el imprescindible mostrador y las rejas adquiridos en el remate de las pertenencias de una vieja “esquina” (así se les llamaba a los almacenes de ramos generales que tenían anexo un “despacho de bebidas”), con la estantería y botellas, hasta los tramposos vasos “culones” en los que el habilidoso pulpero entregaba rápidamente el cuarto o quinto trago cuando el parroquiano ya no podía distinguir la profundidad del recipiente en que se le servía.

 

Había reunido el Dr. Paz un no muy grande pero sí muy selecto conjunto de piezas de platería criolla, adquiridas en su mayoría en la casa Pardo, con punzones de dos afamados plateros de la época de Rosas, Jerónimo Ríos y Cándido Silva, y un extraordinario puñal con vaina de plata, marca y sello de su propietario (Nicanor Ramos Mejía) y del ensayador oficial Mariano Martínez.



Nada hubiera trascendido de la existencia de esta colección de no haber sido su propietario vecino del nombrado el recordado artista plástico, historiador y cinéfilo Pablo C Ducrós Hicken, quien, sin entrar en detalles, la hizo conocer en una sabrosa nota publicada en 1953 en la recordada revista “El Hogar” [2].

 

Dio la casualidad que el dueño de casa quería tener en su pulpería el retrato de un mazorquero. Y para obsequiar a su amigo, Ducrós Hicken no tuvo mejor idea de que Paz posara como modelo, de modo que suyo es el rostro del mazorquero cubierto con gorro de manga que presidía su pulpería.

 

Por entonces y en la década del 60 estuvo de moda tener una pulpería, siquiera reducida a lo esencial, para agasajar a las amistades. Recuerdo la de Giselle Shaw, famosa por sus empanadas, de la que tal vez en algún momento me ocupe. Y hasta hubo un señor que conocí en tiempos idos, que a su pulpería había adicionado una campana, que hacía sonar indicando a sus invitados el momento en que la pulpería estaba abierta o cerrando, como hasta no muchos años atrás fue característicos en muchos pubs de Londres.


Fue un tiempo, no sé por qué, de resurgimiento y auge del folklore nacional. ¿Quién no recuerda los locales amenizados por los hermanos Ábalos o por los Abrodos? Tenían su auge los restaurantes de comida regional, como uno que recuerdo hasta hace una o dos décadas sobrevivía en Suipacha antes de llegar a la Avenida Santa Fe. Hoy casi todo eso ha desaparecido, salvo algunos muy aislados reductos porteños de amigos, o en el interior de la provincia de Buenos Aires, alejados del conocimiento público de las grandes ciudades, donde la pulpería con su mostrador y reja sigue convocando a sus parroquianos  como siempre lo hizo.  

 

Notas:

1. Guillermo Palombo, “La indumentaria gauchesca en un notable óleo de Epaminonda Chiama”, en El Tradicional, n° 62, Buenos Aires, 2005, p. [1] y 7.

2. Pablo C. Ducrós Hicken, “Un refugio de tradición. La casa de don Esteban Paz”, en El Hogar, n° 2256, Buenos Aires, 6 de febrero de 1953.

 

* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios



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