El libro y su mundo en Argentina. Primera mitad del siglo veinte.

Primer tomo del Catálogo de Libros Americanos, “el Suárez”, obra de referencia de la bibliografía argentina. (Biblioteca Hilario)


Catálogos de los remates organizados por la Casa Bullrich con la biblioteca de Antonio Santamarina. 


Retrato de Enrique Udaondo, fundador y director del Museo Colonial e Histórico de Luján. Imagen reproducida en el catálogo de la institución. 1943. (Biblioteca Hilario)


Obra de un gran bibliófilo, la biblioteca de Eduardo J. Bullrich también fue dispersada en subasta pública. (Biblioteca Hilario)


Entrada a la Casa Pardo. Siempre una invitación…


ROBERTO VEGA ANDERSEN (Tres Arroyos, 1956)


Argentino. Periodista, editor y curador. Ha organizado y curado numerosas exposiciones en Argentina, Alemania, Chile, España, Estado de la Ciudad del Vaticano, Estados Unidos de Norteamérica, Italia y Japón. Fue el fundador y director de las publicaciones Manos Artesanas y Nuestra Platería. Como editor y o coautor ha publicado las siguientes obras: El apero criollo, arte y tradición (2000); El Poncho, arte y tradición (2001); El apero criollo en las tierras del Plata y en América (2002); El Mate en América (2004); El gaucho y su cuchillo (2005); Juan Manuel de Rosas y los bloqueos al Río de la Plata de Francia e Inglaterra (2008); Platería desde el período precolombino hasta la actualidad (2010); Argentina. Il gaucho, tradizione, arte e fede (2013) y Un viajero virreinal. Acuarelas inéditas de la sociedad rioplatense (2015). 


Para Fomento Cultural Banamex, formó parte del staff curatorial para la exposición Grandes Maestros del Arte Popular Iberoamérica, y como asesor académico colaboró en la exposición América Tierra de Jinetes. Colaboró con textos de su especialidad en los libros editados con motivo de ambas exposiciones.


Actualmente dirige en Buenos Aires, Argentina, la librería anticuaria, galería y casa de subastas Hilario. Artes Letras Oficios.


Por Roberto Vega Andersen

Ímproba tarea la de resumir en este artículo el recorrido del libro en Argentina a lo largo de la primera mitad del siglo veinte. El tema, tan rico y diverso, nos obliga a marchar por distintos espacios que comprenden la literatura y las artes, las librerías anticuarias y las demás que en su momento vendían ejemplares recién publicados, muchos de ellos punto de atracción hoy en el mundo del coleccionismo de libros, un hecho que nos obliga a ocuparnos también de los autores, editores e impresores.


E inclusive, están las casas de remate, las instituciones gubernamentales y privadas, los estudiosos, los coleccionistas, y de los que entre ellos reúnen autógrafos y ex libris, en la siguiente entrega nos ocuparemos de la donación de María Magdalena Otamendi de López Olaciregui a la Biblioteca Nacional, de unos 26.000 ex libris de su propia colección. Abordar todas estas aristas iluminando sus aspectos más relevantes es una misión que nos obliga a reconocer que habrá elecciones caprichosas y omisiones accidentales. Con las debidas disculpas, iniciamos este recorrido lleno de datos y anécdotas.


Para su redacción hemos acudido a diversas fuentes bibliográficas referidas a la historia del libro -las clásicas y otras-, a los catálogos de librerías anticuarias y casas de remate, de estas en especial cuando han ofrecido las grandes bibliotecas; poseemos más de seis centenares de catálogos editados a lo largo de todo el siglo veinte. También abrevamos en las publicaciones del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, de la Sociedad de Estudios Bibliográficos Argentinos, de ALADA (Asociación de Libreros Anticuarios de Argentina), de la Sección Artes Gráficas de la Unión Industrial Argentina, de la Biblioteca Nacional, del Archivo General de la Nación y del Centro de Investigaciones Bibliotecológicas de la UBA. Además, floreamos el texto con anécdotas cosechadas en poco menos de treinta años de quehaceres vinculados a las letras, las artes y los oficios, y consultamos especialmente a bibliófilos y a colegas, libreros anticuarios.


Nos anima la voluntad de reflejar la armoniosa concurrencia que a lo largo del siglo veinte se ha dado entre los estamentos públicos y la actividad privada en torno al libro. Los coleccionistas han enriquecido el patrimonio público con numerosas donaciones, mecenazgos, compromisos personales y gestiones diversas, contribuyendo en la evolución de museos e instituciones. Mancomunar esfuerzos entre ambos actores -el estado y los ciudadanos- es una regla que rinde buenos frutos, y de la lectura de tantos ejemplos nos animamos a imaginar un futuro más eficiente aún en la tarea común de estudiar y preservar este patrimonio pensando en las generaciones por venir.


Iniciamos esta labor con algunas breves reflexiones sobre las bibliotecas particulares y sus características.


¿Cómo nacen las bibliotecas particulares?


Surgen a partir de un libro, de una lectura emocionante que nos lleva a la siguiente, y a otra, y a otra. Así se inicia el proceso y en un momento impensado, uno se sorprende al advertir que aquel primer mueble que alberga los libros está desbordado.


El protagonista de esta experiencia puede ser un abogado, un historiador, un científico, un poeta, un panadero, un herrero... No se requiere una profesión determinada, solo hace falta haber descubierto el placer de la lectura y tener una mente abierta para emocionarse, aprender, dudar, interrogarse y hasta reír inmerso en el devenir de un texto impreso. Y también están las que nacen y crecen al calor de los estudios realizados por su propietario, un especialista que en la labor cotidiana fue construyendo su biblioteca de consulta. En estos casos, seguramente debemos hablar de un habitual visitante de librerías de ocasión, quien supo cosechar buenos premios en sus frecuentes búsquedas por mesas de saldo y en los sitios más recónditos de cada comercio visitado, pero que también obló el precio de lista en los lanzamientos de esos libros que eran “necesarios”, e incluso se animó a comprar algunos títulos deseados en catálogos de libreros anticuarios, y en salas de remate. Luis Lacueva, un decano entre los libreros anticuarios, recordaba en 1997 que él frecuentó sesenta bibliotecas de investigadores y estudiosos. [1] 


Plaqueta editada por la Sociedad de Bibliófilos Argentinos (1993) con pequeñas semblanzas sobre grandes bibliotecas. (Biblioteca Hilario)



También hizo lo propio Julián Cáceres Freyre en “Bibliotecas que he conocido como estudiante e investigador”, una bella plaqueta editada por la Sociedad de Bibliófilos Argentinos; entre otras, acerca datos y anécdotas de las formadas por Félix Outes (1878 - 1939), Francisco de Aparicio (1892 – 1951) -a su muerte, adquirida por la Universidad Nacional de Rosario-, Milcíades Alejo Vignati (1895 - 1978) -sin fortuna personal había formado una biblioteca sobre viajeros patagónicos solo comparable a la Armando Braun Menéndez, afirma-, Ricardo Lafuente Machain (1882 - 1960) y Carlos A. Moncaut (1927 - 2008), cuya colección se dispersó en intensas jornadas de remate organizadas por la Casa Saráchaga años después de su muerte; todos ellos protagonistas en sus disciplinas y propietarios de importantes bibliotecas de consulta.


En el otro ángulo se encuentran los apasionados de los libros raros y curiosos que se dedican a coleccionarlos y estudiarlos. Y no importa la cantidad de ejemplares reunidos, sino sus cualidades. Un buen bibliófilo, hablamos ahora de este personaje, busca primeras ediciones en general desde los incunables, calificando como tal a los publicados desde el origen de la imprenta (hacia 1450) hasta finales del siglo XV, y desde allí para acá, a toda buena edición que merezca ser incorporada a su biblioteca.


Sin pretender redactar una apología, digamos que el verdadero bibliófilo tiene una particular sensibilidad y no transita la vida acumulando volúmenes sin ton ni son. Realiza investigaciones bibliográficas, estudia al autor, al editor, al impresor, al ilustrador y en cada ejemplar, su estado, y la encuadernación que posee. Sus búsquedas tienen un sentido que él fue construyendo para darle forma a la biblioteca deseada y posible. Claro que además de los títulos reunidos, insistimos, es muy meticuloso con cada ejemplar, incluso algunos de ellos reencuadernándolos con afamados maestros europeos de este oficio, y otros acudiendo, por ejemplo, al taller de las hermanas del Divino Rostro ubicado en Parque Centenario, en Buenos Aires, frente al Museo Argentino de Ciencias Naturales.


Ambos perfiles de bibliotecas tienen rasgos definidos y prometen destinos dispares. A las de estudio puede resultar muy complejo encontrarles un nuevo hogar, máxime si se pretende conservarlas tal como las construyeron sus fundadores. Las instituciones públicas son remisas a la incorporación de estos conjuntos por numerosas razones: desde la escasez de espacio, la repetición de ejemplares ya disponibles, la temática o la falta de capacidad operativa ante los miles de volúmenes a inventariar y administrar su uso. Y si las librerías anticuarias no encuentran aquellos títulos especiales que le den una expectativa de lucro a su adquisición, suelen ser descartadas y transitan el peor de los finales, que tanto nos duele de solo imaginarlo. Es que estas bibliotecas, en general se forman con ediciones populares y albergan conocimientos y modas superadas, un verdadero problema para su preservación. Las reunidas por los bibliófilos, en cambio, pueden concluir en un reservorio público mediante una donación gratuita de su creador o herederos, o retornar al mercado a través de un librero anticuario o de una casa de remates. En el primer caso, seguramente se conservará unida, mientras que, en las otras dos hipótesis, se dispersará con nuevos dueños que atesorarán sus adquisiciones con la misma pasión y compromiso que su anterior propietario.


1900 – 1924


Iniciamos este recorrido con los primeros veinticinco años del siglo XX, justo cuando nuestro país celebraba sus dos centenarios: de la Revolución de Mayo (1810 – 1910) y de la Declaración de la Independencia (1816 – 1916).


Estos acontecimientos generaron una amplia serie de acciones destinadas a mostrar una república próspera y receptiva de capitales y recursos humanos internacionales. En tal escenario, la industria del libro avanzaba a buen ritmo y los coleccionistas recorrían Europa ávidos de obtener obras históricas y los más novedosos testimonios de las corrientes artísticas en boga.


Aquí en Buenos Aires, el siglo se iniciaba con el traslado de la Biblioteca Nacional a un edificio ubicado sobre la calle México 564, en pleno barrio de Monserrat, inicialmente destinado a la Lotería Nacional.


Antigua sede de la Biblioteca Nacional, hoy instalada en el edificio que diseñaron los arquitectos Clorindo Testa, Alicia Cazzaniga y Francisco Bullrich, con su entrada al 2502 de la calle Agüero, siempre en la ciudad de Buenos Aires.  Fotografía: https://turismo.buenosaires.gob.ar



Fue en este período que el mundo de las letras junto a las artes vivió un tiempo disruptivo. Las llamadas vanguardias impulsaron cambios significativos en la producción cultural dejando atrás el pasado hasta en sus manifestaciones más cualificadas. Inmersos en esa corriente de cambio, no fueron pocos los creadores argentinos que captaron estos nuevos aires en sus estadías europeas. Pettoruti, Xul Solar, Jorge Luis Borges, su hermana Norah y Oliverio Girondo, entre otros, incursionaron por tales vías. Sus obras se conservan en importantes colecciones públicas y particulares, nacionales e internacionales, y tres de ellos, Borges -fue director de la Biblioteca Nacional-, Xul Solar y Pettoruti le dan vida con su trayectoria a sendas Fundaciones que protegen y difunden sus legados.


Esta pléyade de intelectuales se reunía en torno a la revista Martín Fierro (1924 – 1927). Buscaban la modernización estética. Su mirada estaba dirigida hacia los nuevos aires de la vanguardia europea: el ultraísmo, el expresionismo, el futurismo, el cubismo, el dadaísmo y el surrealismo que irrumpía en la literatura, las artes visuales, la música, la arquitectura, el teatro y el cine. Aquella publicación periódica fue una voz renovadora que se levantó “frente a la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático, que momifica cuanto toca”, como lo expresara Oliverio Girondo en su Manifiesto publicado en el número 4 de Martín Fierro.


Entre sus antecedentes debemos mencionar dos revistas españolas -Los Quijotes y Grecia- y al menos otro par de publicaciones periódicas locales: la revista mural Prisma -fueron dos números distribuidos entre diciembre de 1921 y marzo de 1922 mediante pegatinas en las paredes de Buenos Aires- y un tríptico titulado Proa, cuyos tres números se editaron de enero de 1921 a febrero de 1922. Por entonces germinaba el proyecto que le diera vida a la revista Martín Fierro con su director como inspirador; nos referimos a Evar Méndez, poeta y gran gestor cultural.


En simultáneo, Buenos Aires acunó otro centro de creación artística y literaria, un movimiento que se nucleó en torno a la calle Boedo, cuyos miembros practicaban un compromiso militante, rebelados contra la injusta situación social. En estas primeras décadas del siglo, la modernización del país no estuvo exenta de contrastes, incluido el avance de grandes bolsones de pobreza. Tal dicotomía fue observada por el arte y la literatura que se hicieron eco de un creciente descontento, alimentado también por el rechazo a la Primera Guerra Mundial e incluso a la Revolución Rusa. Grupos de anarquistas y socialistas -cuyos líderes eran en su mayoría inmigrantes europeos-, pacifistas en general, encabezaron un movimiento de rechazo a las injusticias sociales que en Buenos Aires hicieron eclosión en la Semana Trágica (1919) iniciada por el reclamo de los obreros de Talleres Vasena, cuya represión le costó la vida a más de setecientas personas, y que en el sur de nuestro territorio se plasmó en otro suceso de triste final, la llamada Patagonia Rebelde (1920 – 1922), o trágica, que duplicó aquel número de víctimas.


Sensible a estos sucesos, nació en la capital argentina un grupo de escritores y artistas identificado con el nombre de Boedo, cuyo órgano de expresión primario fue la revista Los Pensadores, dirigida por el español Antonio Zamora. La publicación, dirigida a un lector popular -llevaba un precio de tapa muy accesible-, reunió un centenar de obras escritas por autores internacionales y locales, todos comprometidos con los sectores más castigados y vulnerables. A Los Pensadores le continuó otra revista, Claridad, también dirigida por Zamora, cuyo espíritu bien supo definir Leónidas Barletta cuando expresó: «Sosteníamos dos cuestiones fundamentales: que el arte tenía una función social y que, si el arte no se ocupaba del pueblo, el pueblo no tenía por qué ocuparse del arte».


El país recibía por entonces oleadas de inmigrantes -europeos en general, y mayoritariamente italianos y españoles- quienes protagonizaron un fenómeno muy llamativo al adoptar la figura del gaucho como un emblema de la nueva patria. En plena decadencia en su ámbito natural -el campo-, aquel jinete vaquero despertaba como protagonista de un movimiento urbano de revalorización de sus costumbres; nacían los centros tradicionalistas acompañados de un reverdecer en los oficios que se ocupaban de sus avíos criollos. De igual modo, la literatura y las artes incursionaron en el rescate de las identidades culturales nativas, ya en diálogo con otras corrientes internacionales. Mencionamos en esta línea la creación de Ricardo Güiraldes y Alfredo González Garaño del ballet Caaporá, una leyenda guaraní pensada desde una estética americanista, pero renovada a la luz del arte contemporáneo. La obra fue admirada por Nijinsky, y si bien no fue posible realizarla, se conservan las pinturas de los figurines, y las escenografías y objetos decorativos que se pensaba utilizar; fueron exhibidos en 1917 en Buenos Aires, en el Salón de Acuarelistas, y en 1920, en Madrid, despertando en el crítico español José Francés un juicio muy esperanzador: “Son la prueba demostrativa de que los hispanoamericanos van a tener ya un arte moderno suyo, profundamente arraigado en los elementos nacionales”.


Güiraldes escribió uno de los títulos más importantes de la literatura argentina, Don Segundo Sombra, y en su pago chico, San Antonio de Areco, avanzó la idea de promocionar a esta ciudad como la cuna del gaucho. [2]


Allí en Areco funcionó una de las imprentas más importantes del siglo XX, creada en 1902. Fue Francisco A. Colombo su artífice, para Ricardo E. Molinari hacedor quizás “de los más hermosos libros que se hayan impreso en la Argentina”. La obra de Ricardo Güiraldes vio a la luz en su taller artesanal, iniciando la serie Xaimaca en 1922 con una tirada de doscientos ejemplares. Cuatro años más tarde, el mencionado Don Segundo Sombra le dio el espaldarazo consagratorio al autor y al impresor; fueron dos mil ejemplares y la edición se agotó en apenas treinta días. En el mismo 1926 se publicó la segunda, ya con cinco mil ejemplares. Colombo fue un cabal impresor de libros para bibliófilos, atento a los tipos de letras, los títulos, las iniciales de los capítulos, los márgenes, la calidad del papel, la intensidad de las tintas... Se convirtió en un émulo de los maestros impresores renacentistas en plena Pampa húmeda hasta que, en 1929 mudó su taller a Buenos Aires y en la ciudad cosmopolita alcanzó el cenit de su producción, iluminada por verdaderos hitos, como la versión del Martín Fierro que ilustró Adolfo Bellocq -editada por la Asociación de Amigos del Arte- y en 1935, el Facundo con aguafuertes de Alfredo Guido, ésta para la Sociedad de Bibliófilos Argentinos. En el juicio de Guillermo Palombo, “una obra de bibliófilo: de tirada restringida, impreso en gran papel, ilustrado con láminas originales y decorado artísticamente con elementos tipográficos”. [3]

 

Desde otra perspectiva empresarial, con obras dirigidas a los lectores en general, aunque también buscando cautivar al público más instruido, las editoriales argentinas que habían nacido en la segunda mitad del siglo anterior continuaron en su desarrollo incorporando nuevas tecnologías y disputando la firma de los autores más consagrados. Entre ellas, Guillermo Kraft, Jacobo Peuser, Lajouane -también propietaria de su librería Nacional-, Imprenta Coni y Compañía Fabril Sudamericana, a las que se agregaron otros sellos, como la editorial Atlántida, de Constancio C. Vigil, con sus bibliotecas Atlántida Billiken y su colección Antorcha, la Cooperativa Editorial Buenos Aires, creada y dirigida por Manuel Gálvez, y entre otras, La Novela Semanal, de Miguel Sans, y las editoriales Kapelusz y Tor, y los Talleres Gráficos Argentinos de L. J. Rosso. Juan Carlos Torrendell (1895 – 1961) con su librería y editorial Tor “inundó” el mercado con libros económicos publicados desde 1916 en adelante, impresos en papel de diario y con tapas en papel satinado. Otra firma que nació por estos años y avanzó más allá de la mitad de siglo es la de los hermanos Francisco y Mario Mercatali, de cuya imprenta salió en 1917 uno de los libros más buscados hoy en Chile, Inquietudes sentimentales, de la poetisa Teresa Wilms Montt, con ilustraciones de Gregorio López Naguil.


En esos años dos grandes autores argentinos dirigen sendas colecciones de libros, ambas iniciadas en 1915, nos referimos a José Ingenieros y Ricardo Rojas; el primero responsable de la colección La Cultura Argentina (1915 – 1925) y el segundo, de La Biblioteca Argentina, que incluyó veintinueve títulos. Rojas buscando exaltar la figura criolla en tanto promovía desactivar aquella influencia foránea que podía cegar a la local, e Ingenieros, rescatando los aportes realizados por la inmigración, y entre propios y recién llegados, con la determinación de elegir los títulos más meritorios. Otro proyecto también de jerarquía fue la colección que dirigiera Julio Payró, La Biblioteca La Nación. En todos ellos damos con auténticos clásicos.


Y aportando desde la comercialización, las librerías se extendían en la geografía porteña. Como es de imaginar, estaban las dedicadas al libro moderno, las novedades publicadas aquí, y las que llegaban desde Europa, y las que se ocupaban del libro antiguo. Entre estas señalamos la librería Cervantes, de Julio Suárez, un español que llegó en 1906 como polizón y aquí adquirió el oficio de vendedor de libros. En 1914 dio un pequeño gran paso y compró la librería de Perfecto García, un diminuto local desde donde forjó una gran carrera; se convirtió en el gran librero de su época. (4) Su librería representaba un centro de estudios donde acudían diariamente los eruditos de nuestro pasado a consultar libros o a hablar sobre ellos, afirmó Domingo Buonocore -el gran bibliógrafo argentino- y en sus tertulias convocaba entre tantos, a Agustín P. Justo, Emilio Ravignani, Antonio Santamarina, Ernesto H. Celesia, José Torre Revello, los hermanos Alejo y Alfredo González Garaño, Rafael Alberto Arrieta, José Luis Busaniche y Julio Noé. También avanzaba en ese terreno la Librería Tomás Pardo -una apellido instalado en Buenos Aires en el ramo, pero aclaramos que Tomás no era pariente de los fundadores de la casa homónima-; poseemos un volumen encuadernado con sus primeras cincuenta listas de Bibliografía, publicadas entre abril de 1922 y junio de 1929. La Casa Pardo, ya compartiremos más información sobre ella, fue una de las más prestigiosas del país, extendiéndose hacia otros rubros del anticuariado. Y continuaba su trayectoria la Librería del Colegio, en su momento propiedad de Cabaut y Cía, en la esquina de Bolívar y Alsina.


En referencia a las librerías de las ediciones modernas y las novedades, la más destacada fue El Ateneo, del español Pedro García (1885 – 1948), un emprendedor que también comenzó con un pequeño comercio y llegó a distinguirse como la casa más surtida en su género con un cuerpo de corredores que viajaba por todo el país. Hoy la reconocemos como la más pujante cadena de librerías -Yenny- y sello editorial, El Ateneo, propiedad de los hermanos Eduardo y Ricardo Gruneisen, importantes coleccionistas de arte.


También había ediciones de autor, como por ejemplo el Catálogo de la Biblioteca Americana, de Manuel Y. Molina, impreso en 1917. El propietario de aquella colección relata en las primeras páginas algunas impresiones testimoniales sobre el origen de su colección. Molina tenía una importante biblioteca, lo verifica su catálogo con más de 2000 libros detallados a lo largo de 261 páginas.


Catálogo de la venta de la biblioteca de Gardner. (Biblioteca Hilario)



En el andar cotidiano se incrementaban las colecciones existentes, algunas nacían y otras se dispersaban en las casas de remates; así ocurrió apenas iniciado el siglo con la biblioteca de Andrés Lamas (1817 – 1891) que en 1905 pasó por una sala de subastas en Buenos Aires. Los libros no vendidos en aquella ocasión, unos 8000, fueron ofrecidos en 1917 al gobierno del Uruguay que hoy los conserva en la Biblioteca Nacional de Montevideo. En los Archivos oficiales de ambos países se resguardan sendos fondos Lamas con miles de impresos y documentos históricos, en Argentina con un catálogo editado. También pasó por el martillo de una Casa de remates la biblioteca del escocés Gorge Alexander Gardner, el investigador de las pictografías de Cerros Colorados, en el norte de Córdoba, estudiadas y reproducidas tiempo más adelante por el noruego Absjörn Pedersen. Gardner había retornado a su tierra, nos comentó Pedersen hacia 1985, previo haber dejado el original de su ensayo para que se publicara en Argentina, pero las demoras locales hicieron que fuera editado en 1931 por la Universidad de Oxford.


El destino de aquellas grandes bibliotecas -también de las colecciones de obras de arte y objetos históricos- bien podría ser una librería o anticuario, una casa de remates, o una institución pública, en ocasiones creada para recibir tantos tesoros. Así ocurrió con las donaciones de Isaac Fernández Blanco (1862 - 1928), quien cedió a la Ciudad de Buenos Aires sus colecciones, incluida la biblioteca, para formar un museo que debía llevar su nombre, hoy el Museo de Arte Hispanoamericano, cito en la calle Suipacha 1422, ampliado con las colecciones del arquitecto Martín Noel y otras numerosas donaciones, y también, con la biblioteca de Oliverio Girondo y Norah Lange, quien le vendió a la Municipalidad la antigua casa del matrimonio, lugar de reuniones inolvidables, ahora en pleno proceso de restauración.


El estrecho vínculo entre libros y obras de arte formado por los coleccionistas desde los tiempos virreinales continuó a lo largo de esta centuria hasta casi sus postrimerías. Así lo expresó Marcelo E. Pacheco en su obra Coleccionismo de Arte en Buenos Aires. 1924 – 1942: “Libros, archivos y documentos junto a la iconografía en alguien como Alejo González Garaño; libros de los siglos XIX y XX entre los conjuntos de arte oriental y de pintura europea del 800 de Francisco Llobet; más de dos mil volúmenes de historia, literatura y derecho convivían en la calle Santa Fe con los Toulouse-Lautrec de Santamarina. Entre la clase media rentista se formaba la biblioteca nacional de cinco mil volúmenes de Eduardo Mariño, junto a viajeros del XIX y memorias de la época de Rosas”. [5]


Más adelante incluiremos otros nombres que enriquecerán esta breve lista; fueron muchas más las bibliotecas que nacieron y se mantuvieron vivas en este medio siglo impulsadas por auténticos coleccionistas.


1925 - 1949


La literatura argentina -lo anunciamos- avanzaba por diversos carriles, centrada en torno a dos grupos contrapuestos que tenían por eje sendas arterias de la ciudad de Buenos Aires: Florida y Boedo. Entre estos, también actuaron con singular relevancia los Artistas del Pueblo, grupo de grabadores que creaban sus obras a modo de reclamo por la cuestión social. Uno de los miembros de Boedo, Álvaro Yunque, así definía ambas miradas: “los de Boedo querían transformar el mundo y los de Florida se conformaban con transformar la literatura”. Los primeros se autodefinían revolucionarios y los segundos, vanguardistas. En línea con esta síntesis, Evar Méndez, director de Martín Fierro, sostuvo que, a partir de esta publicación y movimiento, “se escribe y se pinta de otra manera al país”.


Más allá de los celos y rivalidades, esta época de oro es hoy materia de estudio y atracción para historiadores del arte y las letras, para coleccionistas e instituciones culturales de Argentina y extranjeras. Las obras de sus autores más destacados forman parte de museos, archivos y bibliotecas; se buscan sus títulos en las primeras ediciones conservadas en sus estados originales, con las encuadernaciones de editor, sin escrituras marginales, salvo las realizadas por sus autores o colegas, en ocasiones verdaderos tesoros. Y además de los libros, hay especial interés por los originales creados para su ilustración, así como por la correspondencia que vinculaba a los autores, editores, críticos y demás.


Argentina transitaba el llamado período entreguerras cuando vivió un notable ascenso de los índices de alfabetización; superior al 80% a nivel nacional, y por encima del noventa en la ciudad de Buenos Aires. Este proceso se reflejó en el incremento de las ventas de diarios, revistas y libros con ediciones populares de gran éxito. El matutino Crítica, por ejemplo, llegó a superar los 350.000 ejemplares y editó un semanario con textos de Ulises Petit de Murat y Jorge Luis Borges, la Revista Multicolor, una publicación sorprendente por sus textos, ilustraciones y diseño. [6] Otro hito en las publicaciones locales, la obra de Ricardo Rojas El santo de la espada, sobre la vida de José de San Martín, se publicó por primera vez en 1933 y alcanzó una edición récord de cien mil ejemplares.


Natalio Botana, propietario de Crítica, formó su biblioteca personal que ocupaba el primer piso de su lujosa quinta “Los Granados” -donde Siqueiros pintó su mural-, en Don Torcuato. Biblioteca que Pablo Neruda en su libro Confieso que he vivido califica como “fabulosa”. Y lo era. Cantidad de libros antiguos que compraba por cable en subastas europeas, incunables, y obras de historia, geografía, filosofía, mitología, viajeros... Botana murió en 1941 y doce años después, en 1953 se remató lo que quedaba de aquella colección -1765 lotes, muchos de ellos de entre 6 y 10 volúmenes- en el Hotel de Ventas de Luis Guaraglia.


Si bien con los indicadores señalados resulta posible hablar de una primavera en el sector, lo cierto es que el papel escrito comenzó a competir con el cine sonoro, la radio, y el disco junto con el fonógrafo. Es que los nuevos hábitos se extendían por todo el país sin que quedara un solo rincón alejado de esos inventos, y sorprendente hoy, ya en esos días se comenzó a hablar de la muerte del libro... Sin embargo, la costumbre de leer avanzaba también penetrando a la sociedad en su conjunto con ofertas diversas, dirigidas al público masivo y a los lectores más exigentes que buscaban un libro con arte. Entre estos se creó en 1928 la Sociedad de Bibliófilos Argentinos siguiendo los lineamientos de una institución homóloga francesa. [7] Los miembros, aquí con un límite de cien, seleccionaban los títulos, ilustradores, editores e impresores, y publicaban obras en breves tiradas de ciento cinco ejemplares, siendo cada uno, “nominativo”: con el nombre impreso de su destinatario. Entre sus primeros socios encontramos a los propietarios de importantes bibliotecas; mencionamos a Victoria Ocampo, Elisa Peña, Ricardo y Teodoro Becú, Lucas Ayarragaray, Eduardo J. Bullrich, Jorge Beristayn, Félix Outes y Ricardo Lafuente Machain, a los que se agregaron Mariano de Vedia y Mitre, Carlos A. Mayer, Abel Chaneton, los hermanos Alfredo y Alejo B. González Garaño, y Horacio Zorraquín Becú. La primera obra fue publicada en 1935, el Facundo ilustrado por Ángel Guido e impreso por Francisco A. Colombo. Tres años más tarde le sucedió Romances del Río Seco, de Leopoldo Lugones.


Aquel 1928 también será recordado por la 1ra Exposición Nacional del Libro, organizada por Rómulo Zabala, Manuel Conde Montero y Juan Canter (1860 – 1924); donde este último, destacado bibliófilo, expuso un llamativo conjunto de impresos de Niños Expósitos. Se sabe que la colección de Canter -en su gran mayoría, unos 5500 ítems- se conserva en la Biblioteca del Colegio Nacional Buenos Aires, adonde fue donada, y una pequeña parte la heredó su hijo homónimo, también destacado intelectual argentino.


Dispuestos a reseñar el destino de las más importantes bibliotecas particulares, la de Jorge Beristayn (1894 – 1962) merece un párrafo especial; gran bibliófilo, pintor y músico, trascendió por poseer más de un centenar de libros incunables, siendo además un exquisito coleccionista de obras de arte, cerámicas, porcelanas e instrumentos musicales. A propósito de su biblioteca, excepcional en el ámbito sudamericano y sin duda, un reflejo de sus conocimientos sobre la primera etapa de la imprenta escribió Hans Peter Krauss -el más famoso librero de la segunda mitad del siglo XX a nivel universal- que, enterado de la tenencia de un incunable en especial, editado en 1462, viajó a Buenos Aires junto con su esposa, y aunque el intento fue infructuoso, recordó en sus Memorias la caballerosidad y simpatía de Beristayn. En 1937 este bibliógrafo había ofrecido su colección con ciento catorce incunables al gobierno nacional, que desechó la propuesta. Diecisiete años más tarde, Krauss recibió aquella fascinante lista de libros venida desde Argentina, y sorprendido se trasladó al sur del continente donde adquirió algunos de esos tesoros, aunque no el más deseado. [8]


Argentina tenía esas particularidades, enriquecida por obras de relevancia universal que habían llegado como fruto de la actuación de sus coleccionistas. De igual modo, nuestra sociedad recibía a los más destacados artistas y hombres de la cultura en general. Entre otros, nos habían visitado Anatole France y Vicente Blasco Ibañez en 1910, José Ortega y Gasset (en tres ocasiones, 1916, 1928 y 1939), Marcel Duchamp (1918-1919), Filippo Tommaso Marinetti (en 1926 y 1936), Le Corbusier (1929), Federico García Lorca (1933-1934), y en pleno auge editorial, ya en los años 30, fue uno de los destinos elegidos por los intelectuales republicanos españoles exiliados durante y después de la Guerra Civil (1936 – 1939). Si bien encontraron aquí una populosa colonia hispana mayoritariamente favorable a su causa, lo cierto es que también debieron lidiar con los poderes políticos que, por el contrario, recelaba de su ideología y obstaculizaban su entrada en el país. [9]


Entre los paisanos españoles ya afincados, destacamos a tres de ellos, protagonistas de la industria del libro en pleno arribo de la diáspora republicana. Nos referimos a Gonzalo Losada, ex gerente de la filial de Espasa – Calpe, quien lanzó en 1937 el sello Espasa – Calpe en Argentina y un año más tarde, la Editorial Losada; Rafael Vehils, que diera origen a la Editorial Sudamericana con el aporte de intelectuales y representantes de la alta burguesía local, y Pedro García -ya mencionado-, fundador de El Ateneo, activo colaborador de las nuevas editoriales a través de su red de distribución y de su librería.


La expansión de esta industria se benefició con el aporte de destacadas personalidades republicanas; junto a Losada comenzó a trabajar Guillermo de Torre -les dio forma a las colecciones Austral, de Espasa-Calpe Argentina y Biblioteca Contemporánea [10], de Losada- y con Vehils lo hizo Antonio López Llausás; junto a de Torre, ambos experimentados editores en la península.


También llegaron a Buenos Aires dos profesionales de las artes gráficas formados en la Escuela del Libro de Milán, Ghino Fogli (1892 – 1954) y Attilio Rossi (1909 – 1994). El primero creó en 1928 una imprenta, el Atelier de Artes Gráficas “Futura”, de la que pocos años más tarde fue su único propietario; exquisito tipógrafo, a Fogli le debemos maravillosas ediciones. Recordemos El Motín de los Artilleros, de Armando Braun Menéndez, un paradigma de las ediciones de lujo, y el Martín Fierro y la Vuelta, con ilustraciones de Tito Saubidet, otra obra cumbre de la gráfica argentina, ambos para Viau y Zona. Fogli contrató como tipógrafo proyectista a Rossi, un innovador nato que llegó en 1935 y dejó su huella primero en el Atelier Futura de Fogli, y luego, en Espasa – Calpe y en otras imprentas. Recordemos que Attilio Rossi colaboró con la composición gráfica y el diseño del fotolibro urbano Buenos Aires 1936: visión fotográfica, de Horacio Coppola, un título innovador en nuestro medio. 


Para la década de 1940 Buenos Aires se había convertido en la capital editorial en lengua española, fruto de la creación literaria de los autores locales junto con la contribución intelectual de los exiliados republicanos, pero también, con la fortaleza emprendedora de aquellos editores, republicanos y franquistas; todos incorporando temas y voces enriquecidas por la dinámica internacional, con el impacto de la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945) y sus secuelas de toda índole.


Corría el año 1941 y se inauguraba en Buenos Aires un nuevo espacio de venta de libros, levantado en el patio posterior del Cabildo. La iniciativa nació en el entonces intendente, un historiador y bibliófilo, Carlos Alberto Pueyrredón (1887 – 1962). Aquella feria a cielo abierto reunió primero a destacados libreros anticuarios que montaron allí sus sucursales en forma de quioscos, prontamente reemplazados por otros profesionales menos pretenciosos, más populares, otorgándole el perfil que le dio fama al lugar hasta que en 1960 fue trasladada a la Plaza Lavalle, frente a Tribunales, donde aún hoy se encuentran varios comercios dedicados a esta actividad.


Obra de Raúl M. Rosarivo. Editada para el II Congreso de la Industria Gráfica Argentina. Buenos Aires. 1964. (Biblioteca Hilario)



Un par de años más tarde nacía la Editorial Huarpes, guiada por el historiador jesuita Guillermo Furlong y con capitales de Miguel Stragno y Francis O´Grady, un gran mecenas de la obra de Furlong. La editorial fue conducida operativamente por Luis Trenti. Entre sus méritos destacamos la diagramación del maestro de las artes gráficas Ghino Fogli. En su catálogo trascienden títulos que hoy siguen siendo de primera consulta, como por ejemplo la obra Orígenes del arte tipográfico en América; especialmente en Argentina, de Furlong, impreso por Kraft bajo la dirección de Raúl M. Rosarivo (1903 - 1966), otro maestro del oficio, docente en la Escuela Nacional de Artes Gráficas y en el Instituto Argentino de Artes Gráficas, y autor de numerosas obras referidas a la “divina proporción tipográfica” y a la historia del libro. En el mismo rango de relevancia incluimos la serie Cultura Colonial Argentina, cuyo primer título fuera Bibliotecas argentinas durante la dominación española, donde Furlong identificó ciento ochenta propietarios de libros y bibliotecas en tiempos virreinales afincados en estas tierras.


En 1943 la Cámara Argentina del Libro organizó sobre la cuadra final de la avenida 9 de Julio -entre Cangallo (hoy Presidente Perón) y Bartolomé Mitre- una feria del libro que permaneció abierta a lo largo de treinta días. Como recuerdo de aquel acontecimiento se editó Juvenilia, de Miguel Cané, ilustrada por Caribé. Con un precio de tapa muy accesible se sacaron a la venta 35.000 ejemplares. Otra iniciativa de gran éxito fue la edición de un Boletín diario que se imprimía frente al público con las novedades de la feria. La imprenta López había llevado una de sus máquinas para deleite de los curiosos, y en “adhesión a la Primera Feria del Libro Argentino” editó un diminuto folleto titulado Pequeña Historia de la Imprenta en América, con una bella diagramación, y el texto de Félix de Ugarteche.


Un recuerdo de la feria del libro de 1943 en Buenos Aires. (Biblioteca Hilario)



Entre las más pujantes empresas que integraban la Cámara del sector, Sudamericana había adquirido en 1940 la Librería del Colegio y concluía la década con una política de apertura de subsidiarias en el exterior, como Hermes en México y Edhasa en Barcelona.


Otro sello editorial que avanzó a paso firme por este cuarto de siglo fue Emecé, creado en 1939 con una sólida presencia gallega -trabajaron allí en sus inicios Arturo Cuadrado y Luis Seoane- y sostenido desde lo económico por el aporte de la familia Braun Menéndez. Su amplio catálogo reunía diversas colecciones, dándole un fuerte impulso la incorporación de Bonifacio del Carril en 1947. Entre sus hitos, cabe destacar la colección Séptimo Círculo de novelas policiales, dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares entre 1947 y 1955, y la publicación en 1951 de La muerte y la brújula, de Borges, iniciando la edición de sus obras. Además, capitalizaron el éxito con la adquisición de los derechos comerciales para sus ediciones en castellano de El Principito y la novela Papillon. Sendos pilares de esta editorial, Armando Braun Menéndez (1898 – 1986) y Bonifacio del Carril (1911 – 1994), integraron la troupe de los más calificados coleccionistas, formadores de importantes bibliotecas; el primero de origen chileno pero muy vinculado a la Argentina donde transcurrió buena parte de su vida. Fue miembro fundador de la Academia Nacional de Geografía de nuestro país, y donó los libros reunidos -una de las colecciones más importantes aquí formadas sobre el tema de viajeros- a la Biblioteca Nacional de Chile y a la Academia Argentina de la Historia. Bonifacio del Carril, miembro de número de las academias Nacional de Historia y de Bellas Artes (a la la presidió en tres oportunidades), también fue un prolífico autor, con importantes contribuciones en el estudio iconográfico de Argentina desde los tiempos virreinales. Su biblioteca se dispersó en remate público ya en el siglo veintiuno con un importante catálogo realizado por la especialista María Marta Larguía Avellaneda.


En 1940 Buenos Aires vivió un acontecimiento de relevancia en el cosmos de las ediciones más antiguas, nos referimos a la Gran Exposición del Libro -se exhibieron poco menos de setecientos ejemplares, entre ellos, ciento sesenta incunables-, realizada en conmemoración de los quinientos años de la creación de la imprenta. La muestra, todo un acontecimiento, fue acompañada de un catálogo que hoy sigue siendo materia de consulta, escrito por el bibliófilo Teodoro Becú (1890 – 1946). Participaron los más destacados coleccionistas, libreros e instituciones. El propio Becú poseía una importante biblioteca, cuyo catálogo de tres volúmenes incluye comentarios de su autoría; fue diseñado por Mario Rosarivo e impreso después de la muerte de aquel.


A nivel institucional, un golpe de estado cívico militar derrocó en 1930 el gobierno del radical Hipólito Yrigoyen elegido por el voto popular -aún por entonces sólo masculino- en su segundo mandato, y dando origen a la llamada “década infame”. El general José Félix Uriburu encabezó la insurrección que fue apoyada por los conservadores y el sector del radicalismo antipersonalista; de igual modo lo hicieron destacados intelectuales, entre ellos, Carlos Ibarguren [11], Juan Carulla, José María Rosa, Leopoldo Lugones y los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta. En la caída de Yrigoyen jugó un importante rol la prensa. Así lo reconocía el diario Crítica en una editorial: “En Crítica se centralizó la dirección civil de la revolución”. Pero el perfil pro-fascista del nuevo gobierno pronto lo aisló y debió convocar a elecciones nacionales a fines de 1931. Las urnas le dieron el poder al general Agustín P. Justo (1932 - 1938), el candidato de una coalición que nucleaba a las fuerzas que desestabilizaron a Yrigoyen, junto con el socialismo independiente. Bajo el impulso de su hijo Liborio, Justo fue un exquisito bibliófilo; asiduo concurrente a las subastas de libros y fiel lector de los catálogos impresos por los libreros anticuarios locales y extranjeros, supo reunir una de las más importantes bibliotecas formadas en el país, siempre con el asesoramiento de su fiel amigo, el gran librero Julio Suárez.


En este cuarto de siglo Argentina vivió otro episodio político que modificó su rumbo; nos referimos a la irrupción pública de un líder que aún hoy sigue vinculado a los destinos del país, el general Juan Domingo Perón (1895 – 1974). En 1943 formó parte de la Revolución que acabó con la llamada Década Infame e integró el gobierno hasta que en 1945 fue desplazado y detenido en la Isla Martín García. Pero una gran movilización popular, el 17 de octubre de aquel año, lo situó en el escenario central de la política y liberado, encabezó la fórmula presidencial triunfante. El 4 de junio de 1946 asumió la presidencia de la Nación. Su esposa, María Eva Duarte (1910 – 1952), Evita, cumplió un rol de enorme importancia en su gobierno. Fueron dos períodos, el último truncado por otro golpe de estado, en septiembre de 1955. El gobierno peronista consolidó el desarrollo editorial de nuestro país; dispuesto a promover las industrias nacionales y atento a la difusión de las bondades de sus líderes, construyó un modelo de comunicación que se vio reflejado en los libros, diarios y revistas, con una fuerte presión sobre los intelectuales y empresarios que formaban parte de la oposición.


Retornando a la figura de Agustín P. Justo y a su biblioteca, escribió María Teresa Giraldes en La Prensa, Justo había tenido la intención de abrirla al público y convertirla en un centro de estudios e investigación -entre los papeles de su archivo se halló un plan de clasificación-, pero su muerte repentina frustró el proyecto. Lo cierto es que, sin los recursos suficientes para conservarla, “en un primer tiempo sus herederos aspiraron a que el gobierno nacional demostrara un interés por retenerla en el país. Pero el esperado interés no se materializó”. [12] Nos recuerda Guillermo Palombo que, en 1943, con las autoridades nacionales surgidas del golpe de Estado que derrocara a Ramón S. Castillo escucharon el consejo del Asesor jurídico del Ejecutivo, el doctor Carlos Ibarguren, quien dictaminó negativamente sobre su compra. “Pudieron más los prejuicios políticos”, nos aseguró Palombo. Hablaremos más adelante sobre su destino.


Las bibliotecas particulares, quizás no huelga insistir ahora sobre ello, se formaban por el simple amor a los libros, y porque resultaban una fuente de consulta imprescindible para los especialistas de las más variadas disciplinas. Mencionamos dos ejemplos, las reunidas por Adolfo Saldías (1849 – 1914) y Enrique Udaondo (1880 – 1962), ambos historiadores. Saldías, apegado al revisionismo, escribió quizás la obra más importante sobre Juan Manuel de Rosas, titulada originalmente -con la primera edición de sus tres tomos entre 1881 y 1887- Historia de Rozas y su época, y reeditada como Historia de la Confederación Argentina. Embarcado en esa tarea visitó en Londres a Manuelita, quien conservaba el archivo que su padre había llevado a Inglaterra más la correspondencia reunida en sus años de exilio.  Gentilmente, la esposa de Máximo Terrero le cedió los documentos que el historiador consultó, los que ampliaron su ya rica biblioteca. Se cuenta que a su muerte en 1914 se conservaron en la casa de Rodríguez Peña 1464 de Buenos Aires unos cien mil documentos ordenados, más los libros reunidos en toda una vida. Aquel tesoro pasó en su amplia mayoría a la colección particular de Juan Ángel Fariní (1867 – 1934), humanista, filántropo, médico, historiador y coleccionista de libros. 


Podría llamar la atención que poco después de la muerte de Fariní, en 1935, se deba a dos grandes coleccionistas y bibliófilos argentinos, el entonces senador nacional Antonio Santamarina y el presidente Agustín P. Justo, la ley que dispuso adquirir aquel tesoro de libros y periódicos, para que se conservara en la esfera pública, en la Biblioteca de la Universidad de La Plata. El resto de la colección Adolfo Saldías – Juan Ángel Fariní, fue adquirida a los descendientes de este último en 1958 y hoy forma parte del Archivo General de la Nación (AGN). Es decir que en su totalidad se conserva en la esfera pública.


Entre los bibliófilos que dispersaron su biblioteca en vida debemos hablar de Enrique Arana (h) (1883 – 1968), historiador, docente y director de la Biblioteca de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA entre 1931 y 1942. En 1935 la Casa Benito y José Tiscornia llevó a remate su colección de libros con un catálogo razonado de dos tomos el que presentaba un texto introductorio de Guillermo Furlong.


De Enrique Udaondo queremos recordar sus gestos de desprendimiento; gran coleccionista se atrevió a ceder al Estado sus colecciones para la creación del museo que hoy lleva su nombre en la ciudad de Luján. Además, donó los documentos históricos al Archivo General de la Nación.


A propósito de las donaciones recibidas por esta institución, entre 1933 y 1941 los descendientes de Luis Vernet (1791 – 1871), primer Comandante Político y Militar argentino en las Islas Malvinas, cedieron la documentación hasta entonces conservada en la familia, de enorme valor jurídico, histórico y sentimental para nuestro país. En un mismo tenor cabe destacar las donaciones que realizaran los herederos de Justo José de Urquiza, Nicolás Avellaneda -su biblioteca fue vendida por el ex presidente para reunir recursos ante su viaje a Europa por problemas de salud; una parte de su correspondencia fue cedida al AGN por un descendiente-, Julio A. Roca, José Evaristo Uriburu [13], Victorino de la Plaza, Miguel Juárez Celman y Agustín P. Justo, y la biblioteca de Juan Domingo Perón, poco relevante, formada en su mayoría con libros recibidos como obsequio al presidente de la República, los que se colocaban en la biblioteca de la Casa Rosada, cuyo cuerpo principal fue trasladado al Archivo General de la Nación poco después del golpe de estado que lo derrocó, en tanto que otro conjunto quedó en dependencias del Ministerio del Interior. En 1974 se le propuso su devolución, pero sin que conste rechazo o aprobación de esta iniciativa -Perón murió el 1° de julio de aquel año-, los casi 5000 volúmenes se conservan hoy en el AGN. Cada uno de estos reservorios documentales y bibliográficos nos cuentan aspectos de la vida e intereses de sus propietarios, todos ellos presidentes argentinos. 


La Academia Nacional de Medicina también recibió un importante patrimonio bibliográfico en 1938, cuando el hijo de Rafael Herrera Vegas les cedió la biblioteca formada por su padre; unos 11.000 volúmenes y el archivo formado por una valiosa documentación con manuscritos que abarcan la historia de la medicina en el Río de la Plata desde los tiempos virreinales.


Con una letra especial deberíamos destacar el gesto de los descendientes del doctor Pedro Arata (1849 - 1922), cuya biblioteca de unos 40.000 libros fue cedida en parte a la Academia Nacional de Medicina en 1942, y a la Facultad de Agronomía y Veterinaria en 1946. El conjunto reunía incunables y muy inusuales obras de ciencia, alquimia, agronomía, veterinaria y medicina. El sabio Arata se había hecho construir su casa en función de la biblioteca con estanterías que cubrían las paredes de pie a techo, y con escaleras corredizas.


Otra institución que ha formado una importante biblioteca es el Jockey Club de Buenos Aires, iniciado en 1882, cuya antigua sede de la calle Florida -destruida por el trágico incendio del 15 de abril de 1953 [14]- comenzó a reunir libros ya en el siglo XIX y en 1921 bautizó aquel salón que albergaba los textos impresos con el nombre de Biblioteca Carlos Pellegrini, su primer presidente. Fruto de adquisiciones y donaciones su patrimonio ha crecido notablemente -entre sus mayores colecciones incluye las bibliotecas de José A. Marcó del Pont (1851 - 1917), miembro fundador del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades en 1872 y del español Emilio Castelar-; a lo largo de numerosos años editó un Boletín trimestral donde constan las incesantes donaciones recibidas.


Como es de prever, las bibliotecas públicas demandaban personal calificado y más allá del intento que protagonizara la Universidad Nacional de Buenos Aires en 1922 con la Escuela de Archiveros y Bibliotecarios (Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires) creada por Ricardo Rojas, en 1937 Manuel Selva (1890 – 1955) impulsó la primera escuela profesional de bibliotecarios bajo la órbita del Museo Social Argentino, con auspiciosos resultados. Afirmaba entonces: “La biblioteca ya no es un estante que guarda el agua de la sabiduría, sino una fuente para ofrecer al viandante el consuelo de su sed”. [15]


Doce años más tarde, Raúl Cortazar presentó un nuevo plan en la UBA, el que fue aceptado, asumiendo la dirección de la Carrera de Bibliotecario. Cortazar se destacó entre los grandes bibliógrafos de Argentina, debiendo incluir en esa lista al propio Manuel Selva, a Josefa E. Sabor, y entre tantos, a Narciso Binayán, Domingo Buonocore, Guillermo Furlong, Jorge Clemente Bohdziewicz, y Abel Rodolfo Goeghegan. Todos admirables, queremos dedicarle unas palabras a Buonocore (1899 – 1991), abogado y docente universitario, por veinte años director de la Biblioteca de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Litoral, donde gestionó importantes donaciones. En tiempos de Frondizi fue nombrado director de la Biblioteca del Congreso de la Nación, lo acompañó como vicedirectora Josefa Pepita Sabor e incorporaron a Susana Santos Gómez. Los tres renunciaron al poco tiempo de asumir debido a que resultaba imposible disciplinar a los legisladores que se llevaban los libros negándose a devolverlos en tiempo y forma... Los textos de Buonocore son una ventana abierta al mundo de los libros y una guía técnica insoslayable para los bibliotecarios. En un mismo tenor se destaca la trayectoria pedagógica y profesional de Pepita Sabor; sus libros y enseñanzas formaron a numerosos bibliotecarios de Argentina y del resto de América.


Atentos a esa demanda de profesionales del libro, desde otra perspectiva en el local de la Librería del Colegio -la más antigua que había sobrevivido en esta ciudad-, se inauguró una escuela para libreros con un curso que incluía once materias y demandaba un año de estudio y prácticas. La capital argentina seguía siendo el gran centro latinoamericano del libro contemporáneo y antiguo, y la formación de recursos humanos favorecía su desarrollo.


Las librerías anticuarias activas en Buenos Aires ofrecían sus catálogos; algunas organizaban tertulias y hasta tenían salas para exhibir obras de arte. Y entre las librerías de títulos modernos y novedades, localizamos a las que también editaban. Un ejemplo de esta última modalidad fue Manuel Gleizer, de origen ruso, afincado en Villa Crespo desde 1918, un barrio porteño elegido por aquella colectividad. Gleizer fue un precursor en la materia; atraído por el mundo del libro inauguró su librería y buen lector, poco más tarde lanzó su editorial. Publicó obras de autores argentinos que alcanzaron un gran reconocimiento, como Macedonio Fernández, Evaristo Carriego, Eduardo Mallea y Jorge Luis Borges. Décadas más adelante, en 1956 Juan Gelman iniciaba su carrera literaria con el sello editorial de Gleizer.


A la inversa, la casa editora Peuser S. A. abrió su local de ventas sobre la calle Florida con dos espacios dedicados a la librería y al salón de arte. Florida, ya lo comentamos, se había convertido en una marca en sí misma. A pocos pasos del Salón Peuser estaba la Galería Witcomb con su sección dedicada al libro antiguo, y la librería L´Amateur. En 1940 se instalaron Anaconda, de Santiago Glusberg, el editor, y Casa Ricordi, dedicada a la música. Seis años más tarde se inauguró la Galería Pacífico con los murales de su cúpula que aún hoy nos seducen; allí funcionaron varias librerías: Florida -un anexo de L´Amateur-, Rodríguez, Del Temple y Concentra, cada una con su especialización, y tiempo más tarde, Fausto. También en 1946 y a un centenar de metros, al 681, en el Salón Kraft -recordemos que Adela Calderón de Lahr, gran especialista de libros antiguos dirigía su sección de Libros Raros Americanos-, la Asociación Amigos del Libro, presidida por Enrique Larreta inauguró la primera Exposición de Incunables, Manuscritos, Mapas y Grabados antiguos, acompañada por su catálogo. En dicha calle Florida se instalaron otras galerías de arte y librerías; entre ellas, El Ateneo, El Bibliófilo, Atlántida con sus libros para el público infantil y juvenil, y desde 1969, la Librería La Ciudad, en Galería del Este, que fuera recordada como un punto de encuentro con Jorge Luis Borges.


A modo de síntesis, advertimos que toda lista que reúna las librerías anticuarias más destacadas en este período debe incluir al menos estos nombres: El Bibliófilo -hablaremos de esta casa en las próximas páginas-;  Rafael Palumbo -un patriarca, Roberto Arlt trabajó en su librería y cuando escribió El Juguete Rabioso, lo incorporó entre los personajes de su novela-; La Facultad, de Juan B. Roldán -allí se formaron Juan Capel, Luis Giglio, E. Matute y los hermanos Lacueva, sobre quienes retornaremos. Capel fue un profesional que tuvo su tiempo de gloria más adelante en la Librería del Plata; fue además, director de la editorial Guarania, donde se publicaron los primeros tomos de la monumental historia y bibliografía de las primeras imprentas rioplatenses realizada por el Padre Guillermo Furlong-; L´Amateur, de Corradini y Mozzarelli, fundada en 1926, con sus tertulias que convocaban nombres inolvidables, como Oliverio Girondo, Javier Villafañe, Alejo González Garaño, Bonifacio del Carril, Leónidas Barletta, Manuel Mujica Láinez y Ricardo Molinari.  Las librerías Cervantes, de Julio Suárez; la conducida por Fernando García Cambeiro, por entonces ubicada sobre la avenida de Mayo 560; la librería El Ceibo, de Luis R. Lacueva, y la librería Fernández Blanco, inaugurada en 1939 por su fundador, Gerardo Fernández Blanco, a quien le sucedió Gerardo Fernández Zanotti, un experto librero anticuario que contribuyó al prestigio de este oficio en el país. También merecen su espacio en esta reseña la oficina de libros que, dentro de la Galería Witcomb dirigía el alemán Pablo Keins, fallecido en 1967, un gran librero anticuario, impulsor de la Asociación de Libreros Anticuarios. Nacido en Berlín, Keins, nieto del famoso librero de Florencia Leo Olschki, había escapado del nazismo y en Buenos Aires era el único profesional del libro con formación universitaria europea. Continuamos este recorrido citando las librerías Ameghino, de Saúl Israel Helmann y El Retiro, de Ezequiel de Elía, especializado en literatura gauchesca, gran conocedor de libros y periódicos argentinos del siglo XIX y uno de los primeros profesionales vinculados a las universidades de Estados Unidos, adquiriendo obras para sus bibliotecas. E incorporamos a esta reseña, la Librería Panamericana, asombroso pensarlo hoy, cuyos titulares eran David y Raúl Béhar, llegados del Líbano. Evidentemente, Argentina reunía “un crisol de razas”, y los Béhar lo demostraron editando hacia 1947 un catálogo excepcional de obras antiguas y modernas, de historia y bellas artes, con un Prólogo firmado por Enrique De Gandía, hoy una pieza bibliográfica de interés. También recomendamos incluir en la lista a la muy poco recordada Arandú, cuyos socios fueron Julián Cáceres Freyre y Ricardo Molinari.


La librería Fernández Blanco continúa su marcha por estos días bajo la dirección de Lucio Aquilanti, miembro y presidente por varios períodos de ALADA en el siglo veintiuno. Dicha casa, en tiempos de Gerardo Fernández Zanotti (1917 – 1997) logró consolidar una importante clientela con bibliófilos de la talla de John W. Maguire, Bonifacio del Carril, Horacio Zorraquín Becú, Ernesto Fitte, Alberto Dodero, y numerosos investigadores y fieles lectores, entre ellos, Eduardo Holmberg, el padre Guillermo Furlong, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche y tantos más que allí se reunían en amenas tertulias.


Para entonces la avenida Corrientes -ensanchada desde los años treinta- ya había incorporado a su oferta de teatros, las librerías con títulos contemporáneos y viejas obras. Entre tantos otros, allí estuvo el local de Palumbo. Todos los habitués de aquel Buenos Aires nocturno recuerdan la gloria de visitar las librerías después de una función; caminar entre sus mesas y frente a las estanterías abarrotadas de ejemplares a la “pesca” de algún título cautivante. También allí se formaban grandes tertulias que a la madrugada continuaban en la confitería La Terraza ubicada en la esquina de Corrientes y Paraná.


Entre los más importantes libreros de este período ponemos especial atención en Domingo Viau (1884 – 1964), hijo de franceses nacido en Chascomús, un experto en los temas de bibliofilia, además de connaisseur del arte europeo y buen pintor. En la Galería Viau se realizaron exposiciones inolvidables, entre ellas las que presentaron obras de Rodin, Edgard Degas y Henri Toulouse – Lautrec. Aquí nos vamos a detener en su vínculo con el mundo del libro sin obviar un mínimo comentario sobre su historia personal. Egresado del Colegio Nacional Buenos Aires y más tarde, de la Asociación Estímulo de Bellas Artes bajo la guía de maestros de la talla de Sívori, Giudice y Della Valle, en 1911 fue seleccionado para viajar a Europa con una beca del Congreso Nacional; recorrió museos, talleres y exposiciones, y convivió con numerosos artistas en España, Italia, Inglaterra, Bélgica y Francia, donde París lo cautivó.


Ya dueño de una amplia formación, primero se desempeñó como marchand y organizó exposiciones y ventas especiales en las galerías de sus amigos Witcomb y Naón. Así se vinculó con los grandes coleccionistas de la época. Y en 1925 constituyó una sociedad con Alejandro Zona, un joven librero francés, para dar nacimiento a El Bibliófilo, una tienda de libros ubicada en Florida 641 con su salón de ventas y un espacio destinado a las tertulias entre escritores y “amateurs” amigos de la casa. [16] Apenas seis meses más tarde, inauguró un Salón de Arte y en mayo de 1926 se incorporaron a la firma Antonio y Ramón Santamarina, ambos coleccionistas, quienes aportaron los recursos económicos necesarios para el despegue de la iniciativa. Se amplió el espacio de exposición y pronto comenzaron las ediciones que hoy continúan seduciendo a los enamorados de los buenos libros.


Ocupado en la evolución de “El Bibliófilo. Librería Anticuaria y Moderna”, Domingo Viau continuaba con sus viajes periódicos a Europa firmando contratos comerciales, seleccionando artistas y obras, e instalando un taller de encuadernación en París.


En 1927 publicó su primer catálogo con doscientos registros de libros antiguos y modernos; minuciosos asientos bibliográficos que incluían editores, impresores, ilustradores, grabadores, métodos, formato, papeles y todo otro dato de interés para un entendido. El segundo catálogo de libros llegó en 1935, incluía títulos desde el siglo XV -incunables-, además de las ediciones de lujo propias y hasta una selección de veintiocho libros antiguos “de precios espeluznantes”, como lo indicó su biógrafo Max Velarde. Para entonces el proyecto editorial marchaba por su cauce. Fueron veinte años y con distintos sellos -Viau & Zona, Domingo Viau y Cía, El Bibliófilo, y Domingo Viau editor- siempre bajo su guía personal, enriquecida por la solvencia de Ghino Fogli. Entre sus hallazgos editoriales encontramos el primer libro de Julio Cortázar, Presencia, firmado con el seudónimo de Julio Denis.


Otra casa que merece una atención especial es la que fundara a fines del siglo XIX José Pardo Arangüez, y que por estos años dirigía con gran éxito Román Francisco Pardo. El local, ubicado en la calle Sarmiento, ya se asemejaba a un museo; piezas de platería jesuítica y criolla, mobiliario virreinal y republicano, medallas y monedas, libros y litografías antiguas, manuscritos... y el espacio para las reuniones donde se congregaban el general José Ignacio Garmendia, Félix Outes, el brigadier José Ignacio Zuloaga, los hermanos González Garaño, John Walter Maguire (1906 - 1982), Victoria Ocampo, Ricardo Rojas y Ricardo Güiraldes, Alfonsina Storni, Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Láinez, y tantos otros intelectuales, escritores y coleccionistas. El rosarino Julio Marc se encontraba entre sus grandes clientes; la colección de Marc dio origen al museo histórico provincial que lleva su nombre en aquella ciudad. Detengámonos un instante con J. W. Maguirre, quien acrecentó los conjuntos reunidos por su padre, Eduardo P. Maguire, formando una de las colecciones más importantes de la época; se interesó por la iconografía rioplatense, el mobiliario virreinal, la platería criolla y pampa, los textiles indígenas y criollos, la numismática -cuya colección había iniciado un hermano que falleció muy joven víctima de un accidente en moto- y los libros. En 1962, donó un conjunto de documentos históricos referentes al almirante Guillermo Brown; llevaron por destino el Departamento de Estudios Históricos Navales, dependiente de la Secretaría de Marina. Era su director en aquellos años el capitán de navío (R) Humberto F. Burzio. Susana Maguire, hija y única heredera, conserva la totalidad de aquellas piezas reunidas por sus ancestros, muchas de ellas auténticos tesoros, las que hoy se encuentran inaccesibles.


También formó una importante biblioteca Norberto Rafael Fresco (1859 – 1928) con un inusual conjunto de impresos salidos de la Casa de Niños Expósitos, la primera imprenta de Buenos Aires. La heredó su hijo, que en forma privada le vendió a Oscar Carbone muchos de aquellos papeles, en tanto que el resto de las obras lo adquirió Juan Capel, propietario de la Librería del Plata; Capel había comprado la famosa Librería Cervantes, de Julio Suárez.


Otro destacado bibliófilo del período fue Alberto Dodero, titular de una empresa naviera cuya sede, en pleno centro de Buenos Aires –Avenida Corrientes esquina Reconquista- fue un bello exponente de la arquitectura racionalista. Dodero formó una de las bibliotecas más importantes del país con las primeras ediciones de los viajeros que recorrieron América Meridional, los álbumes iconográficos más bellos y raros sobre esta porción del planeta y las ediciones más tempranas de Argentina y la región. Capel le vendió importantes obras que habían formado parte de la biblioteca de Fresco. En un momento de zozobra económica, Dodero decidió vender su colección en Londres, en la casa Sotheby & Co; sus dos catálogos -de 1963 y 1964- son fuente de consulta imprescindibles. Se sabe que muchas de estas obras regresaron al país, adquiridas por bibliófilos y libreros locales. Dodero, por su parte, cuando logró estabilizar sus finanzas, siendo un apasionado bibliófilo, reunió un nuevo conjunto que sus herederos decidieron dispersar años más tarde bajo el martillo de la casa de remates Martín Saráchaga, en Buenos Aires.


Los libros antiguos y especiales, lo hemos mencionado, también se comercializaban en las casas de remates. En 1930, la Casa Naón ofreció en subasta pública la biblioteca y mapoteca de Estanislao S. Zeballos (1854 - 1923), nos cuenta el estudioso Guillermo Palombo que ya algunos libros importantes habían sido vendidos en forma privada por el hijo del formador de este conjunto, Talo, y varios de ellos, revendidos por el librero Julio Suárez. Para aquel remate se editaron cuatro catálogos indicando que formaban parte de la Sucesión de Estanislao S. Zeballos. Cutolo advierte que el archivo de documentos políticos e históricos se conserva en el Museo de Luján, “en 320 cajas”.


La biblioteca de Matías Errázuriz y su venta en Casa Bullrich. El ejemplar anotado indica una compra de Oliverio Girondo: lote 203. (Biblioteca Hilario)



Un año más tarde se remató la biblioteca de Clemente L. Fregeiro (1853 – 1923), junto a la de Mitre, la más importante colección referida a la historia de América del Sur, incluyendo además de libros, mapas, planos y documentos manuscritos. En 1942 la casa Naón realizó una venta especial con la biblioteca de Matías Errazuriz. Resulta muy grato hoy dar con alguno de aquellos volúmenes reunidos por Errázuriz, e identificarlo en el catálogo que con mucha pericia escribió Eduardo J. Bullrich (1895 – 1950), un gran conocedor del mundo del libro y exquisito bibliófilo también, que supo reunir en su colección un centenar de incunables, manuscritos e impresos de los siglos XVI a XVIII.


Retomamos ahora la historia de la biblioteca de Agustín P. Justo; su destino se enlaza con la Biblioteca Nacional de Lima, tan vinculada a los argentinos desde su origen, en 1821. Apenas treinta días después de haberse firmado la Declaración de la Independencia peruana, el general José de San Martín decretó su creación y designó al antiguo Colegio de Caciques, ya bautizado Colegio de la Libertad, como su sede. En el acto inaugural San Martín advirtió que estaba llamada a ser “más poderosa que nuestros ejércitos para sostener la independencia”. Y en línea con esta opinión, donó su biblioteca personal que había iniciado en Cádiz y que después trasladó por América haciendo escalas en Buenos Aires, Mendoza, Santiago y Valparaíso hasta llegar finalmente a Lima. [17] 


Lo acompañaron en ese gesto Monteagudo, García del Río y otros particulares. La biblioteca pronto alcanzó los mil trescientos volúmenes y con títulos de diversos intereses. Aquel origen exitoso marcó el rumbo de sus primeras décadas, hasta que entre 1879 y 1884 se desarrolló la denominada Guerra del Pacífico con la derrota de las aliadas Perú y Bolivia. Fruto de la contienda, Chile, vencedor, se apropió de aquel patrimonio bibliográfico trasladándolo a Santiago. Los libros que quedaron, se cuenta, sirvieron para diversos menesteres entre la soldadesca... Y debieron pasar más de cien años hasta que ya en el siglo XXI, Chile devolvió una parte de aquel botín de guerra.


En su tiempo y dispuestos a reconstruir lo perdido, las autoridades peruanas designaron a Ricardo Palma -un prestigioso intelectual-, quien se ocupó de tan importante misión, “y después de dirigir petitorios diversos a todas las bibliotecas del mundo, a estadistas, a historiadores, a poetas y a filósofos, logró llenar nuevamente los anaqueles que había vaciado el vencedor con valiosos aportes bibliográficos de todas las partes de Europa y de América”. [18]


Pero la historia le jugó otra mala pasada la noche del 9 de mayo de 1943, cuando un incendio devoró buena parte de aquel patrimonio. Lo más penoso resulta saber que el incendio fue intencional, se supone que desatado para provocar la pérdida de las evidencias sobre los robos que afectaban a la institución peruana.


Poco tiempo más adelante viajó a Buenos Aires Rubén Vargas Ugarte, el estudioso peruano, sacerdote jesuita como su par argentino Guillermo Furlong. Aquí tomó contacto con el librero Julio Suárez quien le informó sobre la biblioteca del ex presidente de la nación, Agustín P. Justo, recientemente fallecido, y con muy buenos reflejos, Vargas Ugarte se contactó con el gobierno de su país que de inmediato motorizó una campaña pública de captación de fondos, para reunir la suma requerida por los familiares del bibliófilo.


Para informarnos más sobre aquellas negociaciones, consultamos a la nieta de Justo, Mónica, hija de Liborio, el primogénito del militar devenido en político. «Cuando mi abuelo falleció, mi padre y sus hermanas tuvieron que decidir qué hacer con la biblioteca. Sé que recibieron excelentes ofertas sobre todo de Estados Unidos pero mi padre quería que quedase en América Latina así que finalmente aceptaron una oferta bastante inferior del Perú después de que su biblioteca nacional fuera diezmada por un incendio». Efectivamente, así lo relata el periodista investigador peruano David Hidalgo en su libro La Biblioteca fantasma ya citado, donde describe la compra y el traslado sigiloso de los más de veinte mil volúmenes de “posiblemente, como americana, la más valiosa (biblioteca particular) del país y en ciertos aspectos más completa que la del Gral. Mitre”, como afirmó Suárez. Cerrado el acuerdo con la familia -que solicitó retirar algunos pocos títulos para conservar en su poder, los que quedaron en Argentina-, la biblioteca fue trasladada a la Embajada del Perú en Buenos Aires en un operativo conducido por el ministro consejero José Jacinto Rada. Inventariados y embalados en 330 cajones, salvo algunos ejemplares que viajaron a Lima en valija diplomática, los libros y manuscritos históricos fueron trasladados al buque Rimac de la Armada Peruana y sin autorización del gobierno argentino, así lo indica el minucioso relato de David Hidalgo, y en septiembre de 1945 llegaron a Lima. [19]


Otra gran biblioteca que partió al exterior fue la formada por Ernesto Quesada (1858 – 1934). Hay quienes juzgan que se trataba de la más valiosa entre las particulares; reunía más de 60.000 libros y 18.000 documentos y manuscritos históricos. Se conserva en el Instituto Iberoamericano de Berlín.


Dejamos para el final de este capítulo una reseña sobre el Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades; creado en 1872 y de efímera vida en aquel tiempo, reinició su andadura en 1934 con la participación de numerosos historiadores y coleccionistas, una pléyade de nombres inolvidables como Rómulo Zabala (1883 – 1949), José Marcó del Pont, Enrique de Gandía, Carlos Roberts y Juan Canter, su primera comisión directiva. Aquel año, en las salas de la Asociación de Amigos del Arte se había organizado la primera exposición de numismática argentina con tal éxito que despertó la idea de refundar el instituto. Nueve años más tarde se imprimía el Boletín número 1, cabeza de serie de una publicación que se ha extendido con un destacado nivel de colaboradores y artículos siendo una valiosa fuente de consulta.



Notas:  

1. Boletín de Estudios Bibliográficos Argentinos, N° 3, Abril 1997, Buenos Aires, pp. 99 – 100.

2. Hoy en día, con museos -uno, el Museo Gauchesco y Parque Criollo Ricardo Güiraldes-, talleres de artesanos, estancias abiertas a los visitantes y una preocupación urbana por conservar su identidad de pueblo de la llanura bonaerense estrechamente vinculado al campo, atrae a turistas locales e internacionales.

3. Guillermo Palombo: El “Facundo” de los bibliófilos argentinos. En Boletín virtual Manos Artesanas en el arte de la gente, Nº 2, Junio 2004, Buenos Aires.

4. Su catálogo Nº 25 es un faro en las búsquedas bibliográficas. Alcanzó tal trascendencia que el gran bibliógrafo español, Antonio Palau y Dulcet, lo utilizó como su referencia en Buenos Aires. La obra Manual del Librero Hispano – Americano, el famoso Palau con sus 35 volúmenes, es el gran inventario bibliográfico sobre la producción científica y literaria de España y América Latina.

5. Marcelo E. Pacheco, Coleccionismo de Arte en Buenos Aires. 1924 – 1942, Buenos Aires, El Ateneo, 2013, p. 268.

6. Su director propietario, Natalio Botana, se propuso competir contra el suplemento cultural del diario La Nación y con un producto dirigido a los lectores de menores recursos, creó una publicación excepcional. Años más tarde recordó Borges su experiencia en aquella publicación: "El verdadero comienzo de mi carrera se sitúa en la serie de bosquejos titulados Historia Universal de la Infamia, pensados como colaboraciones en Crítica en 1933 y 1934."

7. La primera sociedad de estas características se creó en 1812, en Londres, a la que le continuó la inaugurada en Francia en 1820, sucedida por muchas otras en aquel país, y también en España, Chile, Bélgica, Estados Unidos, Suiza e Italia.

8. Vicente Ross, Bibliófilos argentinos. Jorge Beristayn, Buenos Aires, Ed. Kunken, 2010. // Bibliofilia: ¿Una pasión? Buenos Aires, Impreso en Artesanías Gráficas SRL, 2001, p. 17.

9. Juan Suriano, La Argentina entre las dos guerras mundiales, En “Amigos del Arte 1924 – 1942”, Buenos Aires, Malba – Fundación Costantini, 2008, p. 70.

10. Años más tarde, rebautizada Biblioteca Clásica y Contemporánea; entre 1938 y 1982 editó 478 títulos.

11. Lo ha contado el propio Carlos Ibarguren, en 1905 descubrió en los sótanos de la casa de Manuel Alejandro Aguirre un arcón colmado de documentos históricos vinculados a la familia Anchorena. Los documentos comerciales fueron donados al Archivo General de la Nación; los que aludían a la fundación de pueblos y ciudades los cedió al Archivo de la provincia de Buenos Aires, y los de carácter político, incluidas las cartas intercambiadas con Juan Manuel de Rosas y otros hombres públicos del siglo XIX quedaron en manos de su familia, hasta que en 1994 llegaron a la Biblioteca del Jockey Club como donación de los hijos de aquel historiador.

12. María Teresa Giraldes, Una pasión bibliófila casi tan excluyente como lo fue la política, en La Prensa, Buenos Aires, Domingo 6 de septiembre de 1992.

13. En la biblioteca del general José F. Uriburu se conservó el archivo personal que, a su muerte, los tres hijos donaron al Archivo General de la Nación. Entre abril de 1990 y marzo de 1992, el fondo documental del ex presidente fue clasificado y preparado para su uso a partir de un convenio celebrado entre el AGN y el Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.

14. Aquel atentado causó estragos en la sede de la institución, donde se reunían los miembros de la alta sociedad argentina, activos representantes de los intereses más conservadores, blanco de la crítica de Juan Domingo Perón que alzaba su voz contra la “oligarquía”.

15. Manuel Selva, Colegio para bibliotecarios, 1937, p. 109.

16. Desde sus inicios, aquella librería se propuso fomentar la bibliofilia disponiendo de un espacio destinado a la biblioteca de “catálogos y manuales de librerías eminentes”, para la consulta de los iniciados en las artes del buen libro.

17. José Pacífico Otero, San Martín y la biblioteca de Lima, Artículo publicado en La Nación, 11 de agosto de 1935. Trascripto en “San Martín y los libros”, Biblioteca Nacional de Buenos Aires, 2014, pp. 29 – 33.

18. David Hidalgo, La Biblioteca Fantasma, Lima, Editorial Planeta. 2018.

19. David Hidalgo, ob. cit. 2018, pp. 77-83.



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